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Las Imposibilidades del Consumo Responsable

La irresponsabilidad del consumo responsable como propuesta de transformación social

 

 

El consumo responsable

Esta no es una tesis doctoral que evalúa lo que dicen todos los defensores del consumo responsable. Como en todo tema, supongo que habrá muchos matices. Ello no implica que haya que familiarizarse con todas las corrientes para hacer unos primeros apuntes y reflexiones generales sobre la irresponsabilidad que puede contener esta propuesta. Tiempo tendremos para hacer una segunda lectura más detenida y profunda. Por tanto, nos ceñiremos a las definiciones que hacen algunos de ellos sobre lo que es el consumo responsable. Una de estas definiciones dice así:

§                “Vivimos en una sociedad que favorece el consumismo, nos hemos convertido en la generación de usar y tirar.[1] La publicidad nos bombardea con anuncios cuyo objetivo no es nuestro bienestar, sino hacernos engranajes de un sistema que reduce a las personas al papel de meros consumidores sumisos. Este modelo económico de producción y consumo tiende cada vez más a su agotamiento. Es impensable hacer frente a los problemas ecológicos y sociales que nos afectan sin detener la complicada maquinaria y estructuras que los producen: el neoliberalismo.

Como consumidores, último eslabón del sistema económico, tenemos una responsabilidad, pero también tenemos un poder, aunque si bien es cierto que mucho menor en relación a la primera. Con nuestra forma de consumir podemos influir en la marcha de la economía y del mundo de una forma directa. Un consumo consciente y responsable, orientado al fomento de actividades satisfactorias para la naturaleza y las personas es una gran contribución y un decisivo instrumento de presión frente al mercado.

El concepto de Consumo Responsable es muy amplio, como lo es la propia actividad de consumir. Podemos, sin embargo, sintetizarlo en tres bloques:

1. Un Consumo Ético, en el que se introduzcan valores como una variante importante a la hora de consumir o de optar por un producto. Hacemos especial énfasis en la austeridad como un valor en relación con la reducción para un consumo ecológico, pero también frente al crecimiento económico desenfrenado y al consumismo como forma de alcanzar el bienestar y la felicidad.

2. Un Consumo Ecológico, que incluye, por este orden, las famosas "erres" del movimiento ecologista: Reducir, Reutilizar y Reciclar, pero en el que también se incluyen elementos tan imprescindibles como la agricultura y ganadería ecológicas, la opción por la producción artesana, etc.

3. Un Consumo Social o Solidario, en el que entraría también el Comercio Justo, es decir, el consumo en lo que se refiere a las relaciones sociales y condiciones laborales en las que se ha elaborado un producto o producido un servicio. Se trata de pagar lo justo por el trabajo realizado, tanto a gentes de otros países como a las más cercanas, en nuestro ámbito local; se trata de eliminar la discriminación, ya sea a causa del color de la piel o por diferente origen, o por razón de género o religión; se trata de potenciar alternativas sociales y de integración y de procurar un nuevo orden económico internacional”.[2]

Un pequeño comentario sobre su esencia, aunque posteriormente ampliaremos de forma más teórica este concepto de consumo responsable:

§                No parece que la sociedad que favorece el consumismo sea el capitalismo, término que ni se menciona. Que yo sepa, el neoliberalismo existe en tanto y cuanto es una de las versiones del capitalismo globalizado.

§                Según la definición se habla de que el sistema favorece el consumo, cuando en realidad es el consumo el que forma parte de su propia lógica para apropiarse privadamente de la acumulación de riqueza. Tampoco el papel que las personas tenemos asignadas en el sistema es el de ser meros consumidores, sino también la de meros productores de riqueza y meros ausentes de la gestión de la sociedad capitalista. Antes que consumidores, el sistema nos obliga a ser productores de riqueza para los empresarios si queremos consumir. Consumimos porque producimos, sino nos moriríamos de hambre.

§                Afirma que los consumidores tenemos una responsabilidad, con nuestra forma de consumir podemos influir en la marcha de la economía y del mundo   Esto me indica que la definición se alinea con la teoría económica convencional, que fundamenta las relaciones sociales en la soberanía del consumidor. Esto quiere decir que la producción capitalista, a pesar de ser cuasi monopolista en su actual fase, es débil en su estructura de poder, y continuará produciendo de acuerdo con las preferencias subjetivas que los consumidores expresen en los mercados (ver epígrafe más abajo). De aquí que la definición también sostenga que los consumidores per se tenemos poder. ¿Cómo podemos ser responsables de aquello para lo que no tenemos poder para decidir? Es cierto que no tenemos poder en la producción, y falso de que hemos de ser responsables en el consumo.

§                Las armas (o el poder) del consumidor frente al capitalismo son la austeridad, el reducir, el reutilizar y el reciclar, todo en función de las mercancías que consume. Al consumidor se le propone que actúe de forma activa ante los productos que consume, pero no se le dice nada de las mismas mercancías que el consumidor produce. En ningún momento se piensa que el consumidor es antes un trabajador, que ha de producir una plusvalía para el capital si quiere consumir, y, tampoco, como consecuencia, ha de incorporarse a las reivindicaciones propias de la lucha de clases. Si no hay trabajador, ya no hay explotación por parte del sistema, y si no hay explotación, sobra propugnar la lucha de clases.

§                Al centrarse en el consumidor de productos acabados, el sector productivo queda santificado, a salvo. Se olvida de que las empresas son las mayores consumidoras de energías y recursos naturales, muchos de ellos no renovables. También entrando en el consumo doméstico, el de las familias, la definición pasa por alto el sometimiento del sector de consumo al sector de la producción: la mayoría de los consumidores estamos obligados a comprar las energías que fabrican las multinacionales o los productos que producen y distribuyen las pequeñas empresas: gas, petróleo, electricidad, agua, así como teléfonos, coches y gasolinas, bandejas de poliuretano, embalajes de cartón, piezas-bloque sin poder cambiar el tornillo que falla, etc. El primer nivel del consumo irresponsable arranca del sector productivo: el segundo se prolonga en las familias.

§                No veo, porque no se especifica en la definición, como se puede pagar lo justo por el trabajo realizado, cuando no se incluye o menciona la teoría del valor trabajo, y menos el proceso para procurar un nuevo orden económico internacional. Seguramente se trate de implorar a los dioses para que esto ocurra. Da la sensación de que nos proponen que volvamos a interpretar la realidad desde la mitología o el esoterismo, tan extendido ahora en tiempos del postmodernismo.

La irresponsabilidad del capitalismo

En el capitalismo globalizado, especialmente en el ámbito de la economía real y del sector financiero, los economistas críticos [3] sostenemos que el sector productivo es irresponsable porque despilfarra los recursos naturales y envenena la primera naturaleza,[4] a la vez que explota a los trabajadores o segunda naturaleza. El sector distributivo es irresponsable sector de consumo es irresponsable (ámbito donde se realiza la plusvalía), aparte de la inutilidad de muchos de los servicios y bienes que se producen, por la conversión de la conciencia obrera de los trabajadores en ciudadanos con conciencia de consumidores. La irresponsabilidad de los poderes (privados y públicos) es proporcional, no sólo por la riqueza y la renta que se apropia privadamente una élite, sino porque esta misma minoría es únicamente la que decide que se produce, con que recursos y tecnologías, en que países, y cuanta mano de obra va a emplear; al consumidor no le queda más remedio que consumir lo que se produce y pagar el precio que marcan. La irresponsabilidad del capital financiero se manifestará, no sólo en el sistema de créditos que controlará para expandir el consumo (asegurarse la realización), sino tanto o más en la expansión del dinero especulativo que, llegado ciertos momentos, conducirá a las crisis periódicas del sistema. por los salarios de hambre que paga a la mano de obra que utiliza, mantiene un ejército de reserva mundial al borde de la miseria, pero la riqueza y la renta que se genera en el sector productivo se concentra en unas pocas personas. El

Dos paradigmas para interpretar el capitalismo

Sin embargo, en la interpretación de cómo funciona el capitalismo, hemos de señalar que contamos fundamentalmente, al menos, con dos paradigmas: la teoría del valor de la preferencia subjetiva (consumo) y la teoría del valor del trabajo abstracto (producción); [5] a la primera la consideraremos la explicación desde el análisis convencional (legitimadora del capitalismo), y a la segunda la explicación desde el análisis crítico (transformadora del capitalismo). La oposición entre ambas interpretaciones se basa en que el primer análisis arranca del consumidor como agente motor de la economía e, incluso, algunos economistas sostienen que existe un excedente que los consumidores arrancan (explotan) a los empresarios. Mientras que en el segundo, su análisis comienza en la producción, ámbito donde los capitalistas explotan a los trabajadores, donde se originan unas relaciones de clase que serán antagónicas a causa de una plusvalía que extraen de la mano de obra, y, de aquí, la correspondiente lucha que eventualmente se ha de dar entre las mismas.

La economía crítica sostiene que se consume lo que se produce y no al contrario. Por tanto, consumo irresponsable, no; capitalismo, tampoco. Los economistas críticos nos debemos oponer a que se singularice el sector del consumo dentro del capitalismo y se hable y proponga como una solución el consumo responsable. Su título, ya en si, culpabiliza al consumidor tratándole de irresponsable, cuando en el capitalismo, pera entenderlo, las relaciones sistémicas comienzan con la producción, lugar donde se origina la explotación. Cuando Marx, en su obra El Capital, abre este mágnum trabajo con el capitulo de las Mercancías, lo que intenta dejar bien claro de partida es la importancia de la producción para entender la teoría del plusvalor trabajo encerrado en la producción de mercancías. Debemos destacar, además, que las relaciones mercantiles, aunque sean descentralizadas a nivel local, en forma de trueque y con monedas complementarias, no son totalmente democráticas por su carácter bilateral, frecuentemente individualista, y atomista, las cuales son limitadas por la competencia del mercado que se establece, y que limita significativamente las opciones de las personas, incluso llegando a coercionarlas a actuar en contra de su propia voluntad”.[6]

A su vez, como destacan todos los marxistas, esta crítica de la explotación intenta ser una crítica de todo el capitalismo, una crítica sistémica. Por tanto, consumo irresponsable no, pero tampoco producción irresponsable, distribución irresponsable, financiación irresponsable y gestión irresponsable. Hay que diseñar propuestas holistas que se propongan acabar con el capitalismo en su totalidad, que contengan procesos para pasar de las sociedades donde domina lo privado a las sociedades colectivas, donde domine lo comunal.

La interpretación convencional

Someramente, en esta visión de la economía,[7] señalábamos como el consumidor es considerado el rey, el agente económico que, a través de las preferencias que revela en el mercado mediante el consumo, envía sus mensajes a los empresarios para indicarles que desea consumir y estos han de producir. A partir de la soberanía del consumidor, manifestada mediante las preferencias subjetivas expresadas por los mismos en los mercados de bienes y servicios, los capitalistas organizan el sector productivo, no sólo de los bienes acabados y servicios, sino de toda la demanda derivada, en términos de recursos naturales, energías, mano de obra y nivel de empleo, tecnologías, métodos de producción, etc. Esta teoría sostiene que el consumidor individualmente está dotado de gustos y talentos como para calcular sus intereses en términos de ser capaz de maximizar su propio bienestar y el grado de utilidad de la misma. Por tanto, la economía encontrará el equilibrio general en la medida que cada consumidor, al maximizar su bienestar individual, movido por su propio egoísmo, dará como resultado global el bienestar general, la suma de los egoísmos de cada consumidor. Autores, como J. Bentham (teoría de la utilidad marginal), o JB Say (la demanda genera su propia oferta; el valor de una mercancía depende de su valor de uso) defendieron como el valor se generaba a partir del consumo y no de la producción. Otros incluso han pretendido demostrar, utilizando el concepto del excedente del consumidor, como los individuos con mayores ingresos se beneficiaban de un precio más bajo, al pagar a los empresarios menos como resultado del equilibrio entre la demanda y la oferta, el precio de equilibrio (Ver gráfico). Una forma de indicar o demostrar como los empresarios son explotados (y no lo trabajadores) por aquellos consumidores con mayor poder adquisitivo.

La interpretación crítica

Decir que el consumo (como el crecimiento) [8] es intrínseco al capitalismo, que sin él el sistema se muere, obliga a explicar la lógica del porque esto es así. En K. Marx aprendemos que “la circulación de mercancías es el punto de partida del capital. La producción de mercancías, la circulación mercantil y una circulación mercantil desarrollada, el comercio, constituyen los supuestos históricos bajo los cuales surge aquel. De la creación del comercio mundial y el mercado mundial modernos [globalización] data la biografía moderna del capital”.[9] De aquí la necesidad de producir para vender (producción), y de vender para comprar (consumo). Emplear mano de obra y utilizar recursos naturales para producir mercancías, y fomentar el consumo entre la población para circularlas, [10] sin estas dos operaciones el sistema no se mantendría ni reproduciría.

Pero la motivación del sistema es la generación y apropiación de la riqueza productiva en la forma de excedente o beneficio. Esto es posible en la medida que uno de los circuitos del capital, comprar para vender, se realiza y se repite permanentemente en toda su extensión: es decir, la economía crece o se desarrolla en la medida que lo que se produce se realiza, se consume (D-M-D’). En el sistema productivo, una de las relaciones sociales, el capital, mediante la explotación de la otra relación social, el trabajo, se apropia de la riqueza excedente o plusvalor que producen los trabajadores (D-P-M+m). En el sistema de consumo o intercambio, el capital finaliza el circuito en el cual el capital inicial (D=M), más el plusvalor (m=d) se convierten en nuevo capital dinero (D+d).[11]

Si el circuito se completa, producción, distribución y consumo, el sistema crece o se desarrolla, porque se cumple el objetivo que motiva al capitalismo: la obtención de beneficios. Cuando este circuito se interrumpe continuadamente, el sistema entra en recesión o crisis, dependiendo de la gravedad en la caída de la tasa de ganancia. Porque lo que motiva al capitalista, no es la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias: D-M-D’-M’-D’’-M’’-D’’’.

La lucha oligopolio / monopolística entre los capitalistas por el control de los mercados y el reparto de los beneficios conduce a que cada empresa intente reducir sus costos en las dos direcciones posibles: abaratamiento de la mano de obra (reducción del consumo, o disminución voluntaria mediante el consumo responsable) y reducción de precios de los recursos naturales (materias primas y energías). En su competencia, las empresas no buscan tanto reducir la cantidad de mano de obra que emplean sino los salarios que pagan para el mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo, así como todo otro tipo de costo laboral (cuotas para pensiones, paro, condiciones de trabajo, aumento de la jornada, etc.);[12][13] tampoco buscan reducir la cantidad de materias primas o energías que utilizan, sino el coste de las mismas.

El control de ambos mercados es siempre un objetivo prioritario para las empresas, especialmente las de índole transnacional, porque les asegura el control de los mercados de mercancías, el control de los recursos (naturales e humanos), y una mayor participación en el reparto de beneficios. Es obvio decir que todo este control supone poder, poder para decidir y gestionar de forma privada:

§                Qué se produce, con que métodos, que energías y demás recursos naturales se aplican, en que lugar o país se fabricarán las mercancías, cuanta mano de obra hace falta, que clase de investigación se hará y que innovaciones se llevarán a cabo, así como la duración de los productos.

§                Qué se consume, tipos de consumidor, precios, publicidad.

§                Cómo utilizarán el poder que ejercerán sobre gobiernos para adecuar las regulaciones ambientales y laborales a las exigencias de sus planes de producción, sobre las empresas pequeñas como parte de la red productiva y distribuidora, y sobre la población en general, en tanto en cuanto son oferentes de mano de obra y consumidores de las mercancías que se producen.

§                En que países pueden encontrar mano de obra más barata (con menor consumo). La mayoría de las deslocalizaciones se da porque encuentran estas facilidades en países pobres o empobrecidos. Allá donde los trabajadores aceptan congelar salarios, o no presentan conflicto ante la reducción de los salarios reales, las empresas son menos propensas a las deslocalizaciones. Si las clases asalariadas aceptamos voluntariamente, mediante la práctica del consumo responsable, vivir austeramente con menos ingresos, estamos abaratando el coste de mantenimiento y reproducción de la mano de obra, estamos facilitando al capitalismo el que pueda aumentar fácilmente su tasa de plusvalía relativa.

Esta es, en líneas generales, la lógica de acumulación y control del capitalismo. En resumen, “en el capitalismo, el aparato productivo tiende a hacerse totalitario en el grado en que determina, no todas las ocupaciones, aptitudes, y actitudes socialmente necesarias, sino las necesidades y aspiraciones individuales. De este modo, borra la oposición entre la existencia privada y pública. Entre las necesidades individuales y sociales. La tecnología sirve para instituir formas de control social y cohesión más efectivas y agradables […] Y la productividad y el crecimiento potencial del capitalismo estabilizan la sociedad y contienen el progreso técnico dentro del marco de la dominación. La razón tecnológica se ha hecho razón política”.[14]

Entonces, toda propuesta que se haga ha de contrastarse con estas exigencias para comprobar si se trata de una alternativa al sistema, o simplemente una sencilla modificación de alguna de sus características sistémicas. Es decir, y conviene repetirlo, pronunciarse en contra del consumo (o del decrecimiento), una necesidad sistémica que tiene el capitalismo de abaratar la mano de obra y de crecer, implica que no se está en contra del capitalismo. Así mismo, para estar en contra del sistema forzosamente supone que se ha de estar contra la propiedad privada, pues esta característica supone la mayor protección legal y la base que defiende la estructura de poder dentro de las sociedades de clase.

Como resumen, el mero hecho de consumir responsablemente no es posible ni objetivo suficiente, pues quizás pudiese dar lugar a otro modelo de consumo que no fuese incompatible con la explotación y el dominio de clase. No nos garantiza la salida del capitalismo, y menos establece un proceso para salir de una sociedad clasista, explotadora, jerárquica.[15]

En la era del capitalismo postmoderno, ¿cómo explicaría esta corriente el consumo responsable?

Para el postmodernismo,[16] la razón no existe, y si existiese, no sería una facultad humana adecuada para entender la realidad. Porque la realidad es relativa, subjetiva, aquello que la opinión individualizada de la persona dice creer percibir sin necesidad de razonar. Para el posmodernista, las mercancías producidas existen sino el consumidor no podría comprarlas, pero no admite que la razón actúe para construir con argumentos y demostrar objetivamente que la explotación, el dominio, las clases sociales, las jerarquías con poder de clase, son una realidad que se da en la esfera de la producción, todo lo cual ocurre de forma independiente de la mirada subjetiva del individuo.[17] Para el posmodernista, el consumo también existe, pero es una realidad completamente subjetiva, individualizada. No se la puede razonar. Porque, cuando “B”, observando como “A” consume, puede considerar que lo hace de forma irresponsable, mientras que “C” puede opinar lo contrario de “B”; por tanto, nos encontramos con que el consumo que realiza “A”, siguiendo los postulados del postmodernismo, puede ser a la misma vez tanto responsable como irresponsable, nunca razonable o irrazonable, por imposibilidad de utilizar esta facultad. Dada la relatividad de ambas opiniones, si las dos afirmaciones están en lo cierto, “A” no podría modificar sus pautas de consumo aunque quisiera. “A” también podría llegar a la conclusión de que su regla de consumo, individual y subjetiva, no tiene base para ser reprochada, dada la relatividad individual de su propia decisión.   Por tanto, el postmodernismo anula, no sólo que podamos considerar que el consumo (o la producción) pueda ser irresponsable o responsable, sino que, sin criterios de juicio, sin ayuda de la razón, podamos actuar sobre el mismo. Este desamparo del consumidor para modificar su elección del patrón de consumo, o del trabajador para luchar contra la explotación, postulada por el postmodernismo, contribuye a que el capitalismo sea el gran beneficiado. Nadie puede criticar el capitalismo de forma razonable.

Si Parménides naciese en esto tiempos vería con simpatía el postmodernismo. Este filósofo presocrático sostenía que el ser es, pero que por serlo, no se le podía añadir ningún otro calificativo, o dejaría de serlo. No negaba la razón, pero ahí acababa su razonamiento fundamental. Por tanto, este pensador también sostendría que el consumo es, con lo que nadie podría proponer un consumo responsable, porque esto sería como admitir la existencia de su opuesto: un consumo no responsable, irresponsable. Dicho de otra manera, desde esta valoración subjetiva e individual del consumo no puede caber la posibilidad de que sea responsable e irresponsable a la misma vez. Lo mismo que pasa con la subjetividad que defiende el posmodernista como actitud para mirar al mundo, que nos deja sin saber lo que éticamente puede ser bueno o malo, y no sólo en el consumo, sino también en la producción, en la distribución, en la gestión, en las injusticias, en la desigualdad, etc.

Desde la dialéctica, afortunadamente Heráclito salió al paso de esta forma convencional de razonar la realidad del mundo. Heráclito desmontaría esta aserción, postulando y demostrando que el ser es y no es, [18] y que aplicada al capitalismo, podemos explicar porque la producción es irrazonable e irresponsable, la distribución es irrazonable e irresponsable, el consumo es irrazonable e irresponsable, y la gestión de todo el sistema es irrazonable e irresponsable. Pero dejemos para otro momento la contribución que hace la dialéctica a la formación del conocimiento humano, a la epistemología.

Por tanto, como señala la definición citada al principio, no dudo que “un consumo consciente y responsable, orientado al fomento de actividades satisfactorias para la naturaleza y las personas [sea] una gran contribución y un decisivo instrumento de presión frente al mercado”, pero el ámbito mercantil sólo es una parte del sistema, y la respuesta del consumidor como agente social activo, pero individualizado por naturaleza de su propia función, dejaría inmune al resto del capitalismo, quedando sin tocar el resto del sistema: la producción, la distribución, la financiación, la gestión, es decir, no contempla una transformación holista del capitalismo. Digamos que la propuesta del consumo responsable simplemente aspira a ser un intento de reparar el sistema, en aquello que puedan suponer actividades nocivas para la primera naturaleza, (el mundo de los seres no humanos) siempre a expensas de los esfuerzos y sacrificios que esté dispuesta a hacer la segunda naturaleza (el mundo de los seres humanos). Hábil y de forma paulatina, el capitalismo verde y ético ya va incorporando progresivamente estas propuestas y a sus defensores.

Algunas reflexiones que los defensores del consumo responsable tendrán que plantearse

Según los informes de la ONU y otros organismos, alrededor  de 120 millones de personas mueren anualmente. Por tanto, la situación de desigualdad e injusticia poco cambia, excepto que la  avaricia de los ricos no tiene límites, y las propias leyes del capitalismo lo impiden. Y todo esto en épocas de desarrollo económico mundial, de crecimiento. Con la crisis actual, en un claro período de decrecimiento generalizado del sistema, todos los expertos, informes, agencias oficiales y ONGs coinciden en que se dispararán los números de victimas a causa de la llegada de los jinetes del Apocalipsis: enfermedades, hambre, guerra y muerte. Unas realidades que, para los posmodernos, dada la subjetividad con que pueden valorarse, han de ser consideradas con mucha cautela y bastante más distancia.       

Según datos actualizados, la población en el mundo será de unos 6.806.973.524 al 1 de enero del 2010.[19] Esta cifra podríamos desglosarla en:

§                Pobres. Recientemente, el Banco Mundial ha publicado una serie de datos sobre la pobreza en el mundo. Define como pobres a quienes viven con un ingreso inferior a un dólar al día. Con este criterio, se estima en 3.000 millones el número de pobres, lo que representa casi la mitad de la población mundial. Actualmente, un niño muere cada cinco segundos de hambre o por motivos relacionados con la falta de alimentos.[20]

§                Hambre. Casi otros mil millones de personas pasan hambre en el mundo. La FAO informa que 854 millones de personas del mundo están subalimentadas, esto es, disponen de menos de 1.900 calorías diarias.[21]

§                Guerras, enfermedades, muerte. Muertos en la Segunda Guerra Mundial aproximadamente unos 50 millones. ¿Cuántos más en las invasiones de Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, etc.? Gastos anuales de la presencia militar  de EE.UU. en Afganistán e Irak: 46.500 millones de dólares. Presupuesto militar de EE.UU. para el 2005: 417.500 millones de dólares; de China: 29.900 millones de dólares; de Rusia: 6.300 millones de dólares. Es decir, “los conflictos armados socavan la nutrición y la salud pública, destruyen los sistemas educacionales, tienen efectos devastadores sobre las formas de sustento de la población y retardan las perspectivas del crecimiento económico”. Cada hora que pasa, y sin acaparar la atención de los medios, mueren más de 1.200 niños.  Esto significa que, en una economía mundial cada vez más próspera, 10,7 millones de niños no llegan a 5 años. Personas fallecidas anualmente por malaria en el mundo: 500.000. Sudafricanos que fallecen diariamente por SIDA: 600. Fallecimientos anuales por el Chagas: 43.000. Trabajadores muertos anualmente por enfermedades y accidentes relacionados con el trabajo: 2 millones. Dirigentes sindicales asesinados en el 2002: 226. Niños fallecidos en el África subsahariana: 4,4 millones; y en el Sudeste asiático, 3 millones. Afectados del SIDA que viven en la India: 8,5 millones; y en África 89 millones Afectados por la enfermedad de Chagas 18 millones.[22]

§                Analfabetismo. A nivel mundial, existen unos 920 millones de analfabetos. Niños sin escolarizar en el mundo: 103 millones. Niños obligados a trabajar en el mundo: 250 millones.

Ser Ecologista, Ser Poético, Ser Prosaico

Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.

 

Ser humano: poético y prosaico

 

Uno de los más inspirados poetas alemanes, Friedrich Höderlin (1770-1843), dijo lo siguiente: «El ser humano habita poéticamente la Tierra». Este pensamiento lo completó luego un pensador francés, Edgar Morin: «El ser humano habita también prosaicamente la Tierra». Poesía y prosa además de ser géneros literarios, expresan dos modos existenciales de ser.

La poesía supone la creación que hace que la persona se sienta tomada por una fuerza mayor que le trae conexiones inusitadas, iluminaciones nuevas, rumbos nuevos. Bajo la fuerza de la creación la persona canta, sale de la rutina y asume caminos diferentes. Surge entonces el chamán que se esconde en cada persona, esa disposición que nos hace sintonizar con las energías del universo, que capta el pulsar del corazón del otro, de la naturaleza y de Dios mismo. Por esta capacidad se descubren nuevos sentidos de lo real.

«Habitar poéticamente la Tierra» significa sentirla como algo vivo, evocativo, grandioso y mágico. La Tierra es paisajes, colores, olores, fascinación y misterio. ¿Cómo no extasiarse ante la majestad de la selva amazónica, con sus árboles cual manos tendidas hacia lo alto, con la maraña de sus lianas y enredaderas, con los sutiles matices de sus verdes, rojos y amarillos, con los trinos de las aves y la profusión de sus frutos? ¿Cómo no quedarse boquiabierto ante la inmensidad de las aguas que penetran lentamente en la espesura y descienden mansamente hasta el océano? ¿Cómo no sentirse lleno de temor reverencial al caminar horas y horas por la selva virgen, como varias veces me tocó hacerlo con Chico Mendes? ¿Cómo no sentirse pequeño, perdido, un bichito insignificante ante su incalculable biodiversidad?

Habitamos poéticamente el mundo cuando sentimos en la piel el frescor suave de la mañana, cuando padecemos bajo la canícula del sol de mediodía, cuando nos serenamos al atardecer, cuando nos invade el misterio de la oscuridad de la noche. Nos estremecemos, vibramos, nos llenamos de ternura y nos extasiamos ante la Tierra en su inagotable vitalidad, y al encontrarnos con la persona amada. Entonces vivimos el modo de ser poético.

Lamentablemente son ciegos y sordos y víctimas de la lobotomía del paradigma positivista moderno quienes ven la Tierra simplemente como un laboratorio de elementos físico-químicos, como un conglomerado inconexo de cosas yuxtapuestas. No, ella está viva, es Madre y Pachamama.

También habitamos la Tierra prosaicamente. La prosa recoge la cotidianidad y el día a día gris, hecho de tensiones familiares y sociales, como los horarios y los deberes profesionales, con discretas alegrías y tristezas disimuladas. Pero lo prosaico también esconde valores inestimables. Se descubren tras una larga estancia en un hospital, o cuando regresamos presurosos después de pasar penosos meses fuera de casa. Nada más suave que el sereno transcurrir de los horarios y de los quehaceres domésticos y profesionales. Nos da la sensación de una navegación tranquila por el mar de la vida.

Poesía y prosa conviven y se alternan de tiempo en tiempo. Tenemos que velar por lo poético y lo prosaico de nuestras vidas, pues ambos se complementan y ambos están amenazados de banalización.

La cultura de masas ha desnaturalizado lo poético. El ocio, que sería el momento de ruptura de lo prosaico, ha sido aprisionado por la cultura del entretenimiento que incita al exceso, al consumo de alcohol, de drogas y de sexo. Es una vivencia poética, pero domesticada, sin éxtasis; un disfrute sin encantamiento.

Lo prosaico ha sido trasformado en simple lucha darviniana por la supervivencia, extenuando a las personas con trabajos monótonos, sin esperanza de gozar del merecido ocio. Y cuando éste llega, resultan rehenes de quienes han pensado todo por ellas, organizan sus viajes y les fabrican experiencias inolvidables. Y lo consiguen. Pero como todo es artificialmente inducido, el efecto final es un doloroso vacío existencial. Y entonces les dan antidepresivos.

Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.

Leonardo Boff

http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=347

 

El Origen de la Obsesión por el Crecimiento Desde el Posmodernismo

OBSERVACIÓN: No somos partidarios del posmodernismo, porque niega las bases biológicas de la psicología y cultura humanas, por tanto su visión y enfoque sobre la realidad humana no son del todo científicas ni se ajustan a la dinámica de dicha realidad.

 

El siguiente ensayo fue tomado del siguiente documento:

 

El fetichismo de la mercancía en el pensamiento económico. Desde la economía vulgar al dogma del crecimiento

1


Antonio Romero Reyes2


Introducción


La historia que vamos a contar aquí versa acerca de la relación entre la economía y su objeto, como una cadena de procesos mentales e intelectuales, y por cierto históricos, donde las deformaciones y la distancia con la realidad se fueron más bien agrandando.3 Para nosotros constituye una de las causas principales de los actuales extravíos, desvaríos, deformaciones e inconsistencias por las que atraviesa la economía, como ciencia o ejercicio profesional, a pesar de toda la formalización y sofisticación con la que los economistas suelen expresarse sobre los asuntos de interés público y de actualidad.

Posiblemente, entre los muchos temas que hoy cubre este campo del conocimiento social, la expresión más cabal o fidedigna de lo señalado anteriormente sea el del crecimiento económico. De un tiempo a esta parte, la persecución de ese crecimiento ha sido convertida en el sanctasanctórum (lo más sagrado) del pensamiento económico y político, así como de las actividad práctica de los hacedores y tomadores de decisiones. En este sentido, ha sido convertido en un fundamentalismo al que se adhieren y comprometen en distintos grados los neoliberales, (pos) keynesianos, neodesarrollistas, socialdemócratas, nacionalistas o estatistas, y la gente que enarbola discursos de izquierda.

Los organismos internacionales lo pregonan todo el tiempo como el principio supremo de toda economía y gestión económica “responsable”; los neoliberales y expertos económicos la ofrecen y recomiendan como receta mágica para el desarrollo en los países del Sur; los medios de comunicación son el eco que reproduce y masifica todo ese cacareo; se ha vuelto un acto de fe de todo gobernante (como el actual presidente peruano, Alan García) que cree ciegamente que esa fe puede “mover montañas” y convencer en si, ante si y para si, a los escépticos y a las mayorías emprendedoras que quieren surgir; es la obsesión de cualquier político incluso de oposición que aspire al poder del Estado, buscando granjearse la confianza de los inversionistas, grandes empresarios y el favor de las masas. Y estas últimas aun creen en lo que le dicen sobre el “chorreo” del crecimiento. En suma, el crecimiento per se no está en cuestión.

La obsesión por el crecimiento per se ha producido la alienación de las mentalidades, justamente porque se lo separa de cualquier otra consideración (política, social, ambiental, cultural, ética) y de su respectivo condicionamiento histórico.

Asimismo, dicha obsesión se ha incrustado profundamente en las maneras de pensar y conocer, dando lugar al discurso ideologizado que incluso se disimula con el lenguaje de los economistas. En este trabajo buscamos mostrar que detrás de la fiebre por el crecimiento (y al interior de esa afiebrada mentalidad), hay un corpus teórico alejado de la realidad –y este es el sentido más general e la alienación que utilizamos— porque sus premisas científicas son falsas e ideologizadas, convenientemente ocultadas tras un discurso seudocientífico en base a modelos.

Para evidenciar la irrealidad de lo que en la academia se conoce como teoría neoclásica del crecimiento económico, mostraremos la relación de continuidad de esa teoría con las escuelas antecesoras y, por tanto, con los mismos problemas y vicios, las incoherencias y debilidades que hereda. En otro lugar hemos caracterizado a este proceso como alienación de la teoría económica (Romero 2008a) y en este trabajo desarrollamos más el tema. Nuestro «hilo
conductor» es la crítica al fetichismo de la mercancía realizada por Marx en El Capital. Así como este advertía a sus lectores desde el comienzo de lo que iban a leer –más aun si fueran trabajadores— nosotros nos dirigimos aquí a los colegas economistas con la misma advertencia: «De te fabula narratur! [¡A ti se refiere la historia!]».4

Teníamos la intención de decir algo sobre las “alternativas científicas”, pero hacerlo implicaba alargar en demasía el texto de este trabajo. Este tema en realidad es más complejo de lo que a primera vista supone, pues concierne no solo ni principalmente a los métodos y contenidos de la enseñanza; demanda además un debate de largo aliento –pero urgente— sobre los presupuestos filosóficos y la «reconstrucción del objeto» (Dumont 1972), entre otras cuestiones gnoseológicas, ontológicas (en el sentido de recuperación de la realidad; ya no se trata de porfiar con el individuo abstracto), así como axiológicas.

Sin embargo, ponemos a consideración, para la discusión, la proposición de que la identificación de alguna de esas alternativas, particularmente en el campo de la economía, y como se desprende tácitamente de nuestro trabajo, pasa necesariamente por la desalienación del conocimiento. De manera más amplia, ¿es posible emprender la desalienación social sin comprometerse con la construcción de la sociedad socialista en nuestros países y el resto del mundo? ¿Habrá que hacerlo primero con la economía, para poder hacerlo con la sociedad?
Lima, agosto 2009

Al igual que en el siglo XVI, en nuestros agitados tiempos en el terreno de los intereses públicos los teóricos puros ya sólo existen del lado de la reacción, y precisamente por ello esos señores ni siquiera son verdaderos teóricos, sino simples apologistas de esa reacción.5
La actualidad de Marx

Razón tenía Isaac Deutscher (1975) al referir que la historia se realizaba también con ironías, porque contradecía las verdades sagradas de los dogmas impuestos como mitos. Mirado desde la distancia del tiempo, la caída del Muro de Berlín en 1989 puede valorarse como un hecho positivo y liberador. Este acontecimiento si bien liberó a las sociedades del Este europeo de los partidos comunistas, verticales y autoritarios desde el poder, lo paradójico y a la vez irónico de su impacto global a largo plazo –como lo experimentamos ahora— consistió en dejar sin alternativas y sin capacidad de organización política a los sectores populares.

Pero la historia ha venido dando un categórico mentís a los profetas que celebraron dicho derrumbe como el triunfo del capital y de la democracia liberal. Allí están los grandes acontecimientos de Seattle, Génova, Florencia, de los foros sociales mundiales y del movimiento por una globalización alternativa u «Otro mundo es posible». ¿Qué ha estado pasando entonces delante de nosotros? ¿Nuevos fantasmas recorren el mundo?

Bensaïd relata como se produjo en Europa –particularmente desde Francia- el renacimiento del marxismo bajo sus colores originales; es decir, como un retorno al pensamiento original de Marx: «En Francia, las huelgas del invierno de 1995 marcaron un giro antiliberal, confirmado luego, a escala internacional, por las manifestaciones contra la mundialización capitalista: “¡El mundo no está en venta! ¡El mundo no es una mercancía!”. Sobre los escombros del siglo XX han vuelto a reflorecer “mil marxismos”. Sin tornarse escarlata, el aire recobra los colores. En 1993 se publican Los espectros de Marx de Jacques Derrida y La miseria del mundo bajo la dirección de Pierre Bourdieu. En el otoño de 1995, justo cuando comenzaba el movimiento huelguístico, por iniciativa de la revista Actuel Marx se realizó el primer Congreso Marx Internacional. Marx l´intempestif apareció en noviembre. La prensa se asombró ante esta resurrección intelectual paralela al “regreso de la cuestión social”.» (Bensaïd 2003: 12-13).

Si en 1848 Marx y Engels anunciaban en el Manifiesto Comunista que «Un fantasma recorre Europa», hoy en cambio podría decirse con Jacques Derrida (1998) que son los «espectros de Marx» los que recorren nuestro convulsionado mundo, América Latina incluida valga la aclaración. Si del pensamiento de Marx han sobrevivido sus espectros, entonces es inevitable preguntarse: ¿qué aspectos de su pensamiento han perdurado? Esta pregunta nos remite a la «paradoja de Lúkacs» reseñada por Boron (2006: 39-40). La famosa paradoja está contenida en un escrito de juventud del famoso filósofo húngaro (Lukács 1975). En virtud de esta paradoja, se distinguen aquellas tesis y proposiciones “sueltas” –aunque defendidas como dogmas sagrados— que pierden vigencia y actualidad por el descubrimiento de nuevos “hechos”, de lo que constituye el método de producción de conocimiento, es decir, el método dialéctico de investigación (el «método permanente» de Marx) sobre el cual se construye una determinada concepción materialista del mundo.
Otra manera de referirse a la misma cuestión consiste en el señalamiento de la «quintaesencia del marxismo» (otra frase luckácsiana), que se origina en una carta fechada el 28 de diciembre de 1862, dirigida por Marx a su amigo Ludwig Kugelman (Marx 1975: 19); allí se refiere en tono de anuncio a los manuscritos que había estado escribiendo como “continuación” de la Contribución a la crítica de la economía política (1859), y a esta misma obra, utilizando la expresión “quintaesencia” para referirse a su obra económica en ese momento y en el mismo sentido en que la empleaban los ingleses («principios de la economía política»).

Si utilizamos ese mismo término para apreciar el conjunto de los escritos de Marx, ¿dónde se encuentra entonces dicha quintaesencia, que haya permanecido y resistido incólume la prueba del tiempo? Tanto al nivel de la teoría como del método, el «núcleo firme» –para utilizar una expresión del filósofo húngaro Lakatos (1989) —se remite esencialmente a la concepción materialista de la historia. Hay varios textos: la Ideología Alemana (1845), especialmente el capítulo I; los «principios generales» enunciados en el Manifiesto Comunista (1848), la Introducción de 1857 a los Grundrisse, especialmente «El método de la economía política»; el famoso Prólogo a la Contribución de 1859; finalmente, el Epílogo a la segunda edición alemana del Libro (Buch) I de El Capital (1872). Este mismo Libro I y los Grundrisse constituyen la aplicación más brillante del método de Marx.

Pero el haber enunciado los lugares donde se encontraría el «núcleo firme» no nos resuelve el problema de la relación dialéctica entre pensamiento y realidad, que es la cuestión fundamental en torno a la actualidad de Marx. A través de dichos trabajos solo indicamos el derrotero de un pensamiento que venía madurando desde mucho antes, mediante rupturas epistemológicas y lecturas críticas de otras fuentes (el idealismo filosófico alemán, el socialismo utópico francés, la economía política clásica inglesa), que fueron permanentemente contrastadas por Marx con la realidad de su época y mediante la práctica militante. Este proceso de maduración tuvo su desarrollo más álgido en la elaboración científica de El Capital, pero en cuyo itinerario previo es identificable una serie de tensiones, como las señaladas por Lander (2006).
«El marxismo es la síntesis más acabada tanto de los valores como de las formas de conocer dominantes en Occidente de los últimos siglos. No hay en Marx -sin embargo- una clara ni permanente autoconciencia epistemológica con relación a las implicaciones que para su sistema teórico tiene el hecho de que las fuentes de sustentación de sus proposiciones se encuentren ubicadas en terrenos que presentan opciones epistemológicas en muchos sentidos enfrentadas.» (Lander 2006: 219).

Y como para reforzar la argumentación añade más adelante: «[…] la variedad de ‘marxismos’ tiene su raíz no sólo en esta diversidad de fundamentaciones epistemológicas, en esta particular síntesis de teorías y tradiciones culturales; sino también en la forma como esta diversidad epistemológica se expresa en las tensiones existentes en las formulaciones teóricas de Marx en relación con problemas teóricos y políticos centrales planteados en su obra.» (Lander 2006: 220)
La presencia de las tensiones en el desarrollo de la obra de Marx, está indicándonos claramente que estamos ante un pensamiento abierto e inacabado, «un saber viviente» (Boron 2006), un «marxismo vivo» (Grüner 2006). ¿Qué debemos entender entonces por un marxismo racional y abierto? Esta cuestión se halla en directa relación con las urgencias del presente y del futuro que no lo tenemos garantizado, de un mundo mucho más complejo y complicado que antes.
Por marxismo racional y abierto tendríamos que entender al menos dos cosas: i] Debe ser un marxismo creador, en consonancia con lo cual: ii] Su finalidad suprema es política y consiste en contribuir a la transformación (revolucionaria) del mundo.6 Esto no significa que primero es la teoría (la interpretación del mundo) y lo que viene después es la acción. Conocimiento y acción se condicionan mutuamente en términos de praxis; es decir, «transformación conjunta de la realidad y el pensamiento», de acuerdo con la interpretación que hace Grüner (2006) de la Tesis XI sobre Feuerbach, tan manoseada por los dogmáticos.


En el epílogo a la segunda edición alemana de El Capital, Marx (1988: 20) postula una dialéctica racional «porque en la intelección positiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la inteligencia de su negación, de su necesaria ruina»; y en tal sentido «es escándalo y abominación para la burguesía» y las clases dominantes en general, porque va contra la reificación y sacralización de las relaciones sociales por las cuales la realidad es transmutada en objetos sagrados, como hacen usualmente los economistas y los poderes establecidos a los cuales sirven, con nociones como crecimiento, inversión, mercado, competencia y competitividad.


En eso consistía el famoso problema de la inversión que Marx puso en evidencia al discutir la dialéctica que se hallaba mistificada en el pensamiento de Hegel. En uno y otro sentido («intelección positiva de lo existente», que se ubica en el plano de la ciencia; «inteligencia de su negación», que se identifica con el ejercicio de la crítica), se requiere un proceso de producción de conocimiento conectado directamente con la intervención de los sujetos en la realidad, intervención orientada hacia el cambio y la transformación.


Una de las consecuencias de la aplicación creativa de un método racional como la dialéctica de Marx es que hace posible la fusión entre pensamiento y acción mediante la praxis.7 La producción de categorías y conceptos, así como sistemas de categorías y marcos conceptuales, deben estar ancladadas en la realidad histórica. Esta no es tratada como un “dato” ni como un parámetro (algo “dado” o presupuesto), ni es estática pura. Mediante la utilización del método dialéctico estamos lejos de la pretensión, como hace la «ciencia burguesa» de la economía, de producir abstracciones absolutas así como entes con vida propia y de validez universal. Las categorías y conceptos –insistimos— son y deberían ser productos del pensamiento con anclaje en la realidad; válidos para la época y situaciones históricamente determinadas, de las cuales emanan por mediación de la acción y el acto de pensar de los sujetos, sean estos individuos o colectividades.

Lo anterior invalida la pretensión de neutralidad de los «científicos sociales» y la separación que usualmente se hace entre el sujeto que investiga y el objeto investigado. En este contexto, el plusvalor, la ganancia y sus formas, el capital, la mercancía, el crecimiento económico, las clases sociales, el Estado, la democracia liberal, el mercado, entre muchos otros conceptos y nociones, negados o consagrados por la ideología burguesa, son productos sociales y por ende históricos, como el sistema social mismo al cual sirven o tienen como referente. La misma agenda de investigación de Marx estaba sometida a los influjos de la realidad y era permeable a las urgencias del movimiento político y social de los trabajadores de su época. Con todo, su crítica a los fundamentos del sistema capitalista recobra plena validez porque –como sostuvo Bensaïd- «su actualidad es la de su objeto, su íntimo e implacable enemigo, el capital mismo…».8


La tesis marxiana del fetichismo capitalista


Al escribir la obra de toda su vida (El Capital) Marx quería no solamente evidenciar o sacar a luz el mecanismo intrínseco de explotación -la extracción de plusvalor- del modo de producción capitalista, así como las «contradicciones de clase» que corroen desde su interior a la sociedad moderna, dominada y maniatada por la hegemonía burguesa. Su propósito era mostrar asimismo el carácter fetichista y hasta absurdo del movimiento autónomo de las categorías económicas, en base al análisis de «la mercancía y su secreto», en la primera sección del Libro primero de El Capital (Marx 1988: 87-102). En opinión de Korsch (1981: 127) se trata de una cuestión «de importancia decisiva para entender la posición de Marx respecto de la economía.»9 Esta posición se aprecia cuando, en los manuscritos que dejó sin publicar, trata la enajenación del capital en capital que devenga interés (Marx 1982b: 499-509), o la fórmula trinitaria (Marx 1981: 1037-1057).10

La tesis central del fetichismo de las mercancías, en síntesis, consiste en lo siguiente: en el régimen capitalista el intercambio de mercancías en el mercado oculta la relación social entre productores, lo cual tiene como fundamento –histórico y no solo teórico— la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía, al relacionarse con el capital. En el mercado, dichas relaciones sociales se presentan/son presentadas como relaciones entre cosas, como formas exteriores que adquieren, incluso a través del juego de la oferta y la demanda, una existencia encantada e independiente. La misma relación entre capitalistas y trabajadores es una relación fetichista (el dinero como capital vis à vis la mercancía fuerza de trabajo), sancionada y validada de jure.

El fetichismo mercantil –en la forma mercancía o en la forma dinero—cumple la función de ocultar, invisibilizar, disimular y hasta negar, en un plano general, el carácter clasista de las relaciones de producción que engendra el capitalismo como sistema histórico, así como el carácter históricamente transitorio de este último. A nivel más específico, el fetichismo oculta y niega la relevancia que para la crítica de la economía política tiene la producción y distribución del plusvalor, transferido como trabajo no-pagado al valor de cambio de las mercancías.11 Este doble propósito se pretendió lograr con el cambio de paradigma que propició la revolución marginalista en el último tercio del siglo XIX por el cual, de la economía política que tenía como eje el valor trabajo, sustentado en las relaciones de producción y distribución, se pasó a la teoría económica cuyo principal fundamento se hace descansar en el valor subjetivo. En un trabajo anterior (Romero 2008a: 119-122) hemos discutido esta transición epistemológica, en la cual abundamos en el siguiente acápite.

Si en la realidad económica aparente (el mercado, los valores de cambio, el dinero y todos los otros precios de la economía) las relaciones sociales de explotación y las relaciones entre productores directos son ocultadas y/o transmutadas por relaciones entre cosas (mercancías y dinero), postulamos que existe correspondencia entre este fetichismo y la producción de pensamiento, ya que los economistas se han dedicado a “rumiar” justamente sobre esas apariencias, haciendo de la economía una ciencia de lo evidente, lo que para Marx era sinónimo de «economía vulgar».12
Lo mismo puede decirse con relación a la ciencia económica que fundaron los neoclásicos y que se prolonga hasta nuestros días.13 Mostrar la conexión entre la economía vulgar y neoclásica conlleva un examen minucioso de las obras de ambas escuelas, asunto que desborda los límites de este trabajo y dejamos para otra ocasión. Sin embargo, destacamos al menos un punto en común entre estas dos escuelas –si cabe utilizar esta expresión— y es que ambas se dedicaron a «deambular estérilmente en torno de la conexión aparente». Lo que viene a continuación es un adelanto.


La escuela neoclásica:14 prolongación moderna de la economía vulgar del siglo XIX


Es importante dejar establecido como surgió la economía vulgar, ya que es la corriente que se interpone entre la economía clásica y el marginalismo del último tercio del s. XIX que devino en teoría (“ciencia”) económica, como se le conoce actualmente. David Ricardo (1772-1823), en opinión de Marx, fue el último de los economistas clásicos cuyo principal trabajo teórico (Ricardo 1973) representó el momento de mayor madurez –-y al mismo tiempo su culminación— en el desarrollo de la economía política. Tras la muerte del economista inglés se desató un largo debate sobre la validez de su obra, principalmente en torno al valor y el beneficio; debate que se prolongó hasta comienzos de la década siguiente: fueron los años de «reacción contra Ricardo» (Dobb 1980: 111-136).15

En consecuencia, de la tercera década hasta inicios del último tercio del s. XIX, en un periodo de 40 años aproximadamente, tenemos una transición epistemológica marcada, de un lado, por la preeminencia de la economía vulgar (vulgarökonomie) que expresaba el colapso y liquidación de la escuela ricardiana y, de otro lado, el paso de la economía política a la “ciencia” (teoría) económica, que cristalizó en la revolución marginalista de la década de 1870. El autor que mejor expresó esta transición fue el inglés John Stuart Mill (1806-1873), cuyo principal trabajo (Mill 1951) tuvo siete ediciones, la última de las cuales fue en 1871.16

Como sostuvo Schumpeter (1971b: 66): «[La revolución marginalista] se centró en la aparición de la teoría del valor, basada en la utilidad marginal que va asociada con los nombres de tres figuras señeras: W. S. Jevons, Karl Menger y Léon Walras.» Jevons y Menger son mencionados en el prólogo de Engels al tercer libro de El Capital (Marx 1982a: 13), en el contexto de su debate con el economista alemán Wilhelm Lexis. Allí se refirió a ellos como representantes de «la teoría del valor de uso y de la utilidad límite [AR: marginal]» que por aquellos años había inspirado al «socialismo vulgar» en Inglaterra. Lo que para Schumpeter representó simplemente un «progreso cuantitativo» de la economía como ciencia (Schumpeter 1971b: 10), para nosotros el nuevo paradigma fue el resultado de un proceso de bifurcación epistemológica (Romero 2008a: 119-122). Con relación a la opinión de Schumpeter podemos mencionar, por contraste, la de un autor contemporáneo: «Pero esta concepción de la “ciencia económica” como una ciencia, y en todo caso como una ciencia unificada que ha progresado linealmente, debe ser recusada. Contrariamente a la física, por ejemplo, los paradigmas de la economía continúan realmente coexistiendo de manera conflictiva, como lo han hecho desde el comienzo. La economía dominante actual, llamada neoclásica, está construida sobre un paradigma que no difiere en lo fundamental del de las escuelas pre–marxistas o incluso pre–clásicas. El debate triangular entre la economía “clásica” (Ricardo), la economía “vulgar” (Say o Malthus) y la crítica de la economía política (Marx) continúa aproximadamente en los mismos términos.» (Husson 2007)

En el ínterin, entre 1830 y 1870, especialmente en la década de 1840, se produjo un arduo debate entre las corrientes socialistas de la época, sobre las implicaciones políticas para los trabajadores que podían extraerse de las tesis ricardianas. Destacamos en este contexto la confrontación que Marx tuvo con el socialista francés Pierre-Joseph Proudhon hacia fines de esa década.17 Para ese entonces, Marx ya había hecho en 1844 sus primeros estudios de Ricardo, durante el primer destierro en París (noviembre 1843 – enero 1845) tras la clausura de la Gaceta del Rin (enero 1842 – marzo 1843) por el gobierno prusiano donde Marx fue colaborador y redactor jefe desde octubre de 1842.18

El principal punto de las desavenencias que hubo entre Marx y Proudhon, y por extensión, con las corrientes tanto del «socialismo pequeño burgués» como del «socialismo de Estado» de esa época (Rodbertus, John Gray y otros), radicaba en el funcionamiento y aplicación de la ley del valor, a partir de los principios formulados por Ricardo, especialmente el concerniente a la distribución de los productos del trabajo social. En este dominio, tanto los críticos de Ricardo como las tendencias socialistas de entonces constataban una discrepancia flagrante entre el principio teórico y la realidad: si el valor de cambio de un producto equivale al tiempo de trabajo invertido en su producción, ¿por qué el salario no es igual al valor del producto del trabajo? De aquí surgían las medidas prácticas o las estrategias que apartaron aun más a Marx de las otras corrientes socialistas: «Banco del pueblo» (Proudhon), «bonos de trabajo» (Rodbertus), apelación al Estado -al estado prusiano en el caso de Rodbertus- para que garantice el intercambio de mercancías «por su valor», en paralelo con la abolición de la competencia como mecanismo de manifestación de la ley del valor. Esto fue un breve recuento de una polémica más vasta.

En las Theorien Über Den Mehrwert (cuadernos de 1861-1863) Marx (1974b: 97-239) reseña y evalúa críticamente las limitaciones, vacíos y aporías que fue descubriendo en el pensamiento de los economistas posteriores a Ricardo. Consideramos de utilidad extraer de allí los argumentos que nos parecen claves para entender como fue que emergió la vulgarökonomie: «El desarrollo de la economía política y del antagonismo implícito en ella discurre, en efecto, paralelamente con el desarrollo social de los antagonismos y de las luchas de clase inherentes a la producción capitalista. Al llegar la economía política a cierto grado de desarrollo, es decir, con posterioridad a Adam Smith, y cobrar formas determinadas, el elemento vulgar, simple reflejo del fenómeno en que aquellas formas se manifiestan, se desglosa de ellas para
convertirse en una teoría aparte. En Say, por ejemplo, las concepciones vulgares que encontramos en A. Smith y que se trataba de eliminar, cristalizan, formando en cierto modo un cuerpo especial y yuxtapuesto. Los economistas vulgares –incapaces de producir nada— encuentran nuevos elementos en Ricardo y en los avances que este autor imprime a la economía política. Y cuanto más se va acercando la economía a su pleno desarrollo y más se va revelando como un sistema hecho de contradicciones, más va levantándose frente a ella su elemento vulgar, nutrido con las materias que a su manera se va asimilando, hasta convertirse en un sistema especial que acaba encontrando su expresión más genuina en una amalgama desprovista de todo carácter. A medida que la economía va ganando en profundidad, tiende a expresar sus propias contradicciones y paralelamente con ello se va perfilando la contradicción con su elemento vulgar, a la par que las contradicciones reales se desarrollan en el seno de la vida económica de la sociedad. Al paso con esto, la economía vulgar, deliberadamente va volviéndose más apologética y pugna por hacer que se esfumen a todo trance las ideas en que se manifiestan aquellas contradicciones. He ahí por qué, al lado de un Bastiat empeñado en conciliarlo todo, Say puede pasar todavía por un crítico bastante imparcial. Sin embargo, la contradicción aparecía ya plenamente desarrollada en el sistema de Ricardo y el socialismo y las luchas sociales de la época de Bastiat revelaban con mayor claridad todavía el antagonismo.» (Marx 1974b: 393-394).

Si aplicamos el argumento anterior a la evolución posterior de la economía como ciencia, el neoclasicismo vendría a constituir en realidad un “sistema especial” de la vulgarökonomie –esta, a su vez, desgajada de la economía política clásica—, mientras que el neoliberalismo vendría a desempeñar el papel de ciencia “apologética” en que aquél degeneró. Resaltamos además varios puntos importantes:

i] La economía política clásica inglesa de los siglos XVIII y XIX, en la etapa más avanzada que alcanzó con la obra de Ricardo, se reveló como un sistema hecho de contradicciones, en paralelo, a la par y/o en correspondencia con el desarrollo de las contradicciones reales del capitalismo de la era victoriana.
ii] Cuando la economía política clásica llega a ese estado de cosas es porque “había alcanzado sus propios e infranqueables límites” (Marx 1988: 13). Aquí es donde se presenta la bifurcación (Romero 2008a): o profundiza y lleva a último término, mediante la crítica, las contradicciones que tiene entre manos, lo que hizo Marx al profundizar en la conexión interna;19 o se convierte en apologética y vulgarökonomie, lo que hicieron los economistas posteriores a Ricardo al abundar y redundar sobre las prima facie.
iii] La economía política clásica había engendrado sus propios elementos vulgares que a la larga se desgajaron de la matriz original para formar un «sistema especial» (la vulgarökonomie).

Con respecto a la escuela neoclásica, esta pretendió fundar un paradigma nuevo, sirviéndose al menos en parte de los elementos y materiales suministrados por la vulgarökonomie (pensemos solamente en el sistema de Say). Los sofisticados modelos matemáticos del equilibrio y la utilidad marginal vendrían a constituir, en última instancia, la expresión más acabada de esa «amalgama desprovista de todo carácter».
Para un historiador del pensamiento económico de la reputación de Ronald Meek (1980a: 212-217) el marginalismo con su

principio metodológico de la racionalidad económica tenía mucho que aportar en términos de sus aplicaciones prácticas, agrupadas bajo el nombre de praxeología (Lange 1966: 134-204), a la «economía de control» (léase: economía centralmente planificada) y, por extensión –añadimos nosotros— a toda formación social no capitalista. La condición implícita para ello, apoyándose nuevamente en Lange, consistía en recuperar como «punto de partida» las relaciones de producción.20


Pareciera entonces que después de Ricardo –y con excepción de Marx— la economía ha consistido nada más y nada menos que en economía vulgar. Los avances más significativos se produjeron en cuanto a métodos de cálculo y modelizaciones. Pero fuera de esto, ¿no hubo realmente nada nuevo que añadir?21

En términos de nuestro hilo conductor, el foco de atención de los clásicos (la «conexión interna» en términos de Marx) constituido por las relaciones de producción, pero ocultadas bajo el fetichismo de la mercancía y las leyes de la competencia, fue formalmente reemplazado con la revolución marginalista por «la relación psicológica entre hombres y bienes acabados» (Meek 1980: 206). Las categorías creadas por el marginalismo, abstractas y desprovistas de contenido social, como la «utilidad marginal», pasaron a constituir la nueva forma de expresión del mismo fetichismo.
Keynes y los neoclásicos

En el Perú un autor como Adolfo Figueroa (1992: 19-35) sostuvo que la relación entre el paradigma neoclásico y el neoliberalismo es la que existe entre una determinada teoría económica y los modelos particulares a ella adscritos,22 de manera similar a como Keynes (1965: 15) diferenciaba a la economía clásica –en la que incluía a «los continuadores» de Ricardo— como un «caso especial» de la teoría general expuesta por él en los años 30, desatando la revolución keynesiana.23

Keynes entendía por continuadores de Ricardo «aquellos que adoptaron y perfeccionaron la teoría económica ricardiana, incluyendo (por ejemplo) a J. S. Mill, Marshall, Edgeworth y el profesor Pigou»; es decir, incluía a la vulgarökonomie incorporada por Mill en su obra, al marginalismo representado por Edgeworth y a sus propios maestros de Cambridge (Marshall y Pigou). Marshall y Pigou fueron los más conspicuos representantes de la síntesis neoclásica.
Después de Ricardo la economía evolucionó mediante la lógica de síntesis sucesivas: J. S. Mil sintetizó a los clásicos (Smith, Ricardo y la escuela ricardiana), así como a los opositores y vulgarizadores de Ricardo; Marshall lo hizo sobre Mill (Schumpeter 1983: 139) y Keynes construyó su General Theory maniobrando sobre la ortodoxia que heredó de su maestro Marshall (Sweezy 1972: 82).24

De lo que eran modos de pensar la economía y las relaciones económicas –que Schumpeter (1971b: 121-123) identifica con «la visión»— se transitó, a través de esa lógica, hacia modos de instrumentar la realidad económica, así metamorfoseada en modelos. En otros términos, la «teoría de la elección» vino a suceder a la utilidad marginal, y esta última a las doctrinas de los clásicos –incluyendo a Marx—sobre el valor trabajo;25 todo lo cual ha significado en realidad la liquidación de cualquier rastro de economía científica (cf. nota 33, infra).

Schumpeter consagró la identidad entre ciencia económica y el empleo del análisis matemático.26 Defendiendo el estatus científico de la economía del ataque de los críticos (entre ellos el marxista Kautsky), él mismo se encargó de decir en qué consiste la teoría económica (hemos resaltado las palabras en negrita): «[…] fueron Marshall, Edgeworth y Wicksell quienes redujeron la doctrina de que la competencia libre y perfecta eleva al máximo la satisfacción de todos, al nivel de una tautología inocua.» (Schumpeter 1971b: 119).27

Veamos ahora cuan compenetrado –y comprometido— estuvo Keynes con los neoclásicos:

«Cuando Keynes empezó a estudiar economía a finales del siglo pasado [AR: s. XIX], la doctrina neoclásica se había erigido en soberana indiscutible en los países de habla inglesa; aquel que disentía era considerado un incompetente. El propio Keynes aceptó la doctrina predominante sin ningún reparo y pronto llegó a ser considerado como un representante brillante, pero sobre todo como un representante ortodoxo, de la escuela neoclásica. […] Su preparación le había convertido en un neoclásico puro, y realmente sólo se encontraba a gusto discutiendo con sus colegas neoclásicos. En realidad, está plenamente justificado decir que Keynes es el producto más importante y más ilustre de la escuela neoclásica.
«Esto, a mi entender, es decisivo para comprender la verdadera naturaleza de la aportación keynesiana. Su misión fue la de reformar la teoría económica neoclásica poniéndola de nuevo en contacto con la realidad de la que había ido apartándose progresivamente desde su vinculación con la teoría clásica a mitad del siglo XIX. Precisamente porque era uno de ellos pudo Keynes ejercer una influencia tan profunda en sus colegas. Son, también, estas mismas razones las que explican que Keynes nunca pudiera superar las limitaciones del enfoque neoclásico que concibe la vida económica haciendo abstracción de su marco histórico, por lo que resulta incapaz en sí misma de ofrecer una guía segura para la acción social.» (Sweezy 1972: 80-81).

Mucho se ha debatido sobre si la revolución keynesiana, anunciada por el propio Keynes,28 significó realmente un cambio en el paradigma económico; si no era más bien un «continuismo clásico» disfrazado de heterodoxia; o si en el terreno de la política económica Keynes estaba apuntando hacia una propuesta de reformas para adecuar el laissez faire a la nueva realidad del siglo XX, en cuyo caso él se dirigía especialmente a los políticos y los poderes públicos. Aquí todavía «la política era suprema» como en el XIX (Polanyi 2003: 59).

Keynes fue educado en la doctrina del laissez faire (la ley de Say y los mecanismos automáticos del mercado) bajo cuya influencia tuvo una producción intelectual hasta finales de los años 20 (su primer libro, publicado en 1913, trata sobre el funcionamiento del sistema monetario hindú). Entre 1926 y 1930 se aleja de las enseñanzas y del legado intelectual que le inculcaron sus maestros (sobre todo Alfred Marshall), alejamiento que se materializa con la publicación de Tract on Monetary Reform (1923) y A Treatise of Money (1930). Estos dos trabajos constituyen las principales estaciones en el trayecto que lo llevará hacia la General Theory (1936). (Cf. Schumpeter 1983: 371-379).

Cuando Keynes estudiaba economía, así como al culminar su carrera, los grandes debates ya habían dejado de estar versados en cuestiones de principio y fundamentos; el consenso alrededor de «la visión» del proceso económico se había alcanzado y la economía era una ciencia normal en el sentido de Kuhn (1971: 52-53). El paradigma ya estaba establecido por la línea Smith-[Ricardo]-Mill-Marshall (Dobb 1980: 138-139)29 y lo que había que hacer era perfeccionar y articular el paradigma establecido, similar a como en su momento se hizo con el paradigma proporcionado por los Principia de Newton (Kuhn 1971: 62-65). Schumpeter proporciona esta confirmación: «[…] en todas las cuestiones esenciales, la visión de los analistas del periodo siguió siendo la misma de Mill.» (Schumpeter 1971b: 122).30

A partir de la revolución keynesiana la relevancia de los debates ha recaído, principalmente, en torno al diseño y manejo de instrumentos de política económica. La economía también ha producido la revolución de sus instrumentos (economía matemática, análisis operacional, econometría, economía del bienestar) haciendo exclamar con todo entusiasmo: «al fin el hombre ha empezado a dominar a la máquina que hasta ahora controlaba su destino económico.» (Meek 1980b: 231).31

A través de la consideración de los problemas del paro y el desempleo fue que el aporte realizado por Keynes permitió retomar, al menos indirectamente, el foco de atención que tuvieron los clásicos (las relaciones de producción); pero además –y he aquí su innovación— articulando esa esfera con los fenómenos monetarios.32

Si se nos permite hacer un parangón, keynes fue con relación a sus predecesores neoclásicos lo que Feuerbach respecto a la filosofía hegeliana, pues reasentó a la economía sobre bases objetivas, despojándola de sus elementos más mistificados o, al menos, matizándolos. Posteriormente, ante el agotamiento del keynesianismo frente a las mutaciones históricas del capitalismo en el último cuarto del s. XX, especialmente las contradicciones cada vez más visibles entre el Estado capitalista y el capitalismo de las transnacionales, la vulgarökonomie resurgió encarnada en la escuela monetarista de Chicago para tomar partido por los intereses de las segundas, en pugna además con las orientaciones y prescripciones keynesianas. De esta manera, se repitió el ciclo anterior de la vulgarökonomie con respecto a la economía clásica.

Retomando nuestro hilo conductor, el fetichismo de la mercancía pasó a ser expresado esta vez por el predominio del capital dinero, es decir, las relaciones puramente monetarias, sobre el conjunto de las relaciones económicas y sociales. Lo grave de todo esto y a diferencia del pasado inmediato (la «era de keynes»), el liderazgo que pasó a detentar el neoliberalismo monetarista coincidió con la tendencia de las remozadas fuerzas económicas y políticas del capital como relación estructural de poder, proyectando y ejercitando su hegemonía y dominación a escala global (véase la nota 34, infra).


La degeneración actual: apología, fundamentalismo y tótem


Debe recordarse siempre la triste historia del profesor de filosofía, positivista lógico, que, al volver un día a su casa en el autobús, se vio apretujado contra el lateral por un bracero gigantesco. «¿Le importaría dejarme espacio?», preguntó el profesor. Y la respuesta fue: «¿Qué quiere decir con espacio?» (Meek 1980: 228-229)

En la segunda mitad del s. XX, el delirio economicista por el «mercado perfecto» revivió y se extendió como una plaga desde su confinamiento en la cabeza de algunos cuantos profesores universitarios y de algunas universidades norteamericanas.33 Los neoliberales hicieron del postulado clásico sobre la libre concurrencia y el mercado libre un dogma elevado a verdad sagrada y de validez universal. En los albores del s. XXI nos enfrentamos con la pretensión de la «utopía neoliberal» del «mercado puro y perfecto» (Bourdieu 1998), que desde el derrumbe de los regímenes del socialismo real fue impuesta al mundo como verdad única por los poderes fácticos.34

Si consideramos que «Una teoría económica es una familia de modelos» (Figueroa 1992: 26), los elegantes y sofisticados modelos del equilibrio general de los neoclásicos son un claro ejemplo de lo que viene a ser una «teoría sin realidad» (Figueroa 1992: 21). Está históricamente demostrado que los mercados libres y perfectos nunca han existido ni existirán.

Muchos neoliberales desconocen la célebre crítica de Polanyi (2003) al dogma de los mercados “autorregulados” y las enseñanzas que extrajo de ello.35 Sin embargo, el modelo neoliberal se aferra al agujero negro de una teoría (la neoclásica) sin respaldo real alguno, para prescribir sus políticas a través de los organismos internacionales. Así, el modelo de corte fondomonetarista que rigió la política económica latinoamericana de los años 80 y 90, para reducir la inflación atribuida al exceso de gasto público y emisión monetaria, descansaba en la falsa premisa de que el intervencionismo estatal en la economía constituía un obstáculo para el libre desempeño de los mercados. Una premisa similar se ha venido proclamando en años recientes con respecto a la inversión privada, si esta fuera la afectada por tal intervencionismo, al punto que cierta literatura especializada lo convirtió en sinónimo de «populismo económico» (p. ej. Dornbusch y Edwards 1992). Retomamos este tema en el siguiente acápite.

El fetichismo de las categorías económicas que, en términos de Marx, sirven para (y cumplen la función de) ocultar la «conexión interna» de las relaciones de explotación y entre las clases básicas, tiene su contrapartida en la noción de «máquina económica» (Meek 1980b) que se despliega sobre los individuos y la sociedad como una fuerza autónoma y exterior.

En la economía clásica esa máquina era expresada por el conjunto de las «fuerzas libres del mercado», o la «mano invisible» de Adam Smith. Constituía el contexto, lo dado, la sociedad o colectividad donde los individuos consiguen sus intereses y satisfacciones, o –en el decir de los neoclásicos— los fines que se propusieran racionalmente a partir de un conjunto de recursos “escasos”; lo mismo cabía decir, por simple deducción, para la misma sociedad.36 En ese sentido, se estimaba que los individuos necesariamente forman parte de los engranajes de la “máquina” y esta producía sus leyes propias, similares a las fuerzas de la naturaleza, considerándose inútil e indeseable tratar de interferir sus reglas.

La consigna era entonces dejar que “la máquina” operase según sus propias fuerzas y leyes, pues de esta manera se garantizaba «el equilibrio» de los mercados a través de sutiles mecanismos, entre ellos los precios. En ese mundo el estado estacionario o el equilibrio estaban descontados, con independencia del tiempo. Sin embargo, nada garantizaba que siempre vaya a ser así.

La incorporación del instrumental matemático y estadístico que permitió revolucionar las técnicas de los economistas (economía matemática, programación lineal, econometría y otras), su difusión y ramificación en la economía, se produjo a través de varios temas, antes y después de la segunda guerra mundial (especialmente en los años 50): el perfeccionamiento y/o replanteamiento del equilibrio general walrasiano, a partir de los trabajos de Hicks y von Neumann, cada uno por separado; los modelos macroeconómicos de inspiración keynesiana de Harrod y Domar, en distintos momentos; el análisis insumo-producto realizado por Leontief para la economía americana; el problema de la elección (Dantzig), el análisis de actividad (Koopmans) y la combinación de ambas como programación lineal (Dorfman-Samuelson-Solow); la teoría de los juegos de von Neumann y Morgenstern. (Cf. Napoleoni 1968: 111-132).

Todo ese avance generó la ilusión y hasta el entusiasmo de que de esa manera se podría “al fin” (Meek dixit) controlar la máquina y ponerla al servicio del hombre. Los sinceros elogios con los que el profesor Meek (1980: 224 ss.) se prodigó a favor de las revolucionarias técnicas, en su lección inaugural (12 de noviembre 1964) al asumir el cargo de «Titular de la cátedra de Economía» de la Universidad de Leicester (Escocia), le impidieron prever lo que pasaría después: los economistas convirtieron a esas técnicas y métodos en el verdadero objeto de sus preocupaciones, completando el proceso de alienación que venía dándose en la ciencia de la economía con respecto a los procesos ocultos del sistema (la «conexión interna» de Marx). El cálculo económico pasó a reinar en el lenguaje y «la visión» de la profesión; vino a ser el sucedáneo mejor acabado y la envoltura más perfecta para el fetichismo de la mercancía (el PBI y otras categorías agregadas en la macroeconomía); con lo cual, entonces, el «círculo infernal» (Bensaïd 2003: 183) en el que quedó encerrado el pensamiento económico se había completado.

De esta manera, se allanó el camino para que, de allí en adelante, y en el ámbito de la opinión pública, la realidad económica fuese explicada en función de las múltiples «conexiones aparentes», perfeccionadas con los métodos y técnicas de la «ciencia económica».37

Los economistas se han olvidado, tanto en la investigación, en la enseñanza, como en el ejercicio profesional, que la economía responde y está hecha en base a relaciones sociales, relaciones políticas y correlaciones de poder, a conflictos de intereses; la abstracción de estos elementos junto a la historicidad de los mismos, sigue siendo el mayor pecado incurrido por quienes han llevado este campo del saber hacia el limbo, donde «Monsieur le Capital y Madame la Terre» han sido sustituidos por elegantes ecuaciones diferenciales o en diferencia finita, integrales, derivadas parciales y totales, modelos matemáticos «puros y perfectos», modelos estocásticos y/o econométricos; es decir, el mundo puesto al revés, algo verdaderamente antieconómico (Attali y Guillaume 1976) en el sentido para nosotros de realidad deformada.

La crítica de Marx a la vulgarökonomie sigue siendo tan actual y tan pertinente, y sus espectros nunca dejaron de rondar o de zumbar desde afuera la cabeza de los economistas. ¿Será por eso el porfiado e inútil viaje de fuga hacia las estrellas de la «ciencia económica»? Un ejemplo muy ilustrativo es la famosa controversia de Cambridge –llamada en cambio «abstrusa discusión» por Dobb (1980: 271)— que enfrentó a los neoclásicos del Massachusetts Institute of Technology (Cambridge, Mass.) con los neokeynesianos (neoricardianos) de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, en torno a la teoría del capital y la distribución donde se demostró la inconsistencia lógica de las nociones de «función de producción» y «productividad marginal del capital» de los primeros.38

La controversia fue suscitada por «La conclusión relativa a la asociación que cabe esperar entre la intensidad de capital en una economía y la retribución del capital» (Monza 1973: 28), conclusión extraída por Sraffa en su Production of Commodities by Jeans of Commodities, publicado en 1960 (Sraffa 1966). Lo que la profesora Robinson (1960: 120-121) había expuesto inicialmente como un «fenómeno curioso», sin pretender llamar mucho la atención,39 con Sraffa quedó expuesto como un «caso anómalo»: la cuestión del redesplazamiento (reswitching) de las técnicas de producción, cuestión que ponía en el tapete la medición del capital como un serio problema, imbricado estrechamente con la lógica de construcción de la función de producción agregada. Como la contrapartida de dicho redesplazamiento era una reducción en la tasa de beneficio, a su vez asociada con una relación capital-trabajo menor, se denominó a estas expresiones «reversión de capital».40

La controversia quedó registrada en los números de febrero 1965 y noviembre 1966 del Quarterly Journal of Economics, principalmente en el segundo.41 Cabe decir que el trabajo de Sraffa fue precedido por la edición que hizo –a comienzos de los años 50— de la obra y correspondencia de David Ricardo (Sraffa 1958-1965), lo cual permitió la rehabilitación desde el olvido de la economía clásica, muy especialmente del sistema ricardiano.42 Desde entonces
empezó a abogarse a favor de una «integración teórica» de los «modelos de Cambridge» con la «teoría marxista». (cf. Braun 1973: 9).

La economía (tradicional y moderna) nunca pudo liberarse de la dicotomía –o dualismo, si se quiere— en la que se halla atrapada: de un lado, las relaciones (micro) económicas per se, sean estas de producción o circulación; de otro, el conjunto de los mercados libres y espontáneos o de cualquier ente que se les asemeje (la máquina), donde dichas relaciones se realizan y la conducta de los individuos, socialmente considerados, desencadenan efectos unos sobre otros bajo una aparente anarquía. La única manera de mantener en correspondencia tal dicotomía era mediante el postulado metafísico y trascendente de las «armonías universales». Esto implica una determinada ontología del ser humano, concebido como un “autómata” y, por ende, un ser alienado.

De lo dicho anteriormente, desprendemos dos connotaciones de la noción de «máquina económica». La primera viene a ser el conjunto social, la totalidad de relaciones sociales además de las “estrictamente” económicas. La segunda tiene que ver con todas las cosas, objetos, recursos y mercancías; vale decir, el conjunto de la producción material, por ende social, la diversidad de bienes y servicios, y la naturaleza. En términos de Marx, podríamos sintetizar este abigarrado y heterogéneo conjunto con el nombre de trabajo social.

En nuestros tiempos actuales todos los componentes mencionados de «la máquina», en el sentido clásico del término, son apropiados y controlados por fuerzas muy superiores y poderosas a las existentes en el pasado; es decir, otra máquina aun más compleja que presenta una forma más acabada y de contornos más definidos, y se nos presenta como sistema histórico, compuesto por el «Estado nación», el sistema interestatal, la corporación gigante, los organismos internacionales que prefiguran un sistema de gobierno mundial, pero que responden a los designios de algunas grandes potencias industriales y, entre ellas, a los intereses de la única superpotencia sobreviviente aunque en franco declive (los Estados Unidos de América). Este sistema, al mismo tiempo tan perfecto y destructivo, ha llevado a su propia crisis civilizatoria.43

Para Marx, por contraste, el contexto («la máquina») venía a ser la totalidad del sistema económico y socio político (la civilización del capital), históricamente determinado, que debía ser explicado –y transformado— a partir del develamiento de sus más íntimas y secretas conexiones e interrelaciones. No fue por eso gratuito cuando, en su célebre Prólogo a la Contribución de 1859, al reseñar sus trabajos y su propia evolución intelectual, entre los años 40 y ese momento, afirmó que «la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política.» (Marx 1973: 8). Indudablemente, haberse sumergido en lo más recóndito que había detrás (o por debajo) del «fetichismo de la mercancía» fue lo que permitió que Marx develase los rasgos más siniestros de esa anatomía, y convenimos con Bensaïd: «Efecto del fetichismo, la alienación se vuelve un concepto histórico y ya no antropológico.» (Bensaïd 2003: 346).

Creemos por ello que desde la alienación como concepto histórico, así como desde la comprensión del capital como relación social y de poder, podemos emprender el camino de retorno para explicar la globalización, la sociedad actual y el Estado contemporáneo, cuestiones que en el programa de investigación de Marx quedaron por hacer.


El fetichismo del crecimiento


Durante los pasados siete años, nuestra tasa de crecimiento ha descendido inquietantemente. En los tres años y medio últimos, la brecha entre lo que podemos producir y lo que producimos ha amenazado con convertirse en crónica… Son objetivos realistas para 1961 el invertir la tendencia a la baja en nuestra economía, reducir la brecha de potencial no utilizado, abolir el despilfarro y la miseria causada por el paro… Para 1962 y 1963 nuestros programas deben dirigirse a la expansión de la capacidad productiva americana a un ritmo que demuestre al mundo el vigor y la vitalidad de una economía libre.44

Después de la segunda guerra mundial el capitalismo tuvo un periodo esplendoroso de recuperación y crecimiento, que en la literatura fue conocido como «los 25 años gloriosos» (de 1950 a 1975) y que nunca más se volvieron a repetir.45 En la opinión pública y los ámbitos académicos, la popularidad que gozaba la teoría keynesiana obedecía en buena medida a la cuota de realismo que aportaba para resolver los acuciantes problemas suscitados con la depresión, principalmente el paro cuya persistente gravedad constituía una potencial amenaza política para el sistema.

Dicho realismo tal vez contradiga los cánones schumpeterianos, de que toda teoría económica que se precie de serlo, o para que fuese valorada como “ciencia”, tiene que ser al mismo tiempo teoría pura, «ciencia exacta», «conocimiento instrumentalizado» (cualquiera de estas expresiones).46 La amplia aceptación de las prescripciones de política keynesiana indicaba a las claras que los gobiernos occidentales, y sus respectivas sociedades, demandaban de los economistas menos debate doctrinario y más instrumentos para manejar y administrar racionalmente los ciclos económicos.47

En la segunda mitad de los años 40 se crearon las instituciones internacionales para la regulación del comercio y las finanzas mundiales, en aplicación de los acuerdos de la conferencia de Bretton Woods (New Hampshire, julio de 1944) que reunió a delegaciones de 44 países. Esas instituciones son el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial y Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT); las dos primeras en 1945 y la tercera en 1948, que en 1994 fue sustituida por la Organización Mundial de Comercio (OMC).48 En tal sentido, para nosotros, fueron años de transición; es decir, de reconfiguración de las relaciones económicas y de las alianzas de poder a nivel internacional, tras los años terribles (de 1914 a 1945) de las dos guerras mundiales y, en el ínterin, la gran depresión. A través de dichas instituciones la indiscutible hegemonía norteamericana lideró la segunda ola globalizadora del capitalismo.49 La primera ola había ocurrido en el periodo de 1870-1914 bajo supremacía británica (Parodi 2005: 61-85).

Es importante señalar que hubo factores más amplios, históricamente hablando, cuya confluencia permitió establecer las condiciones dentro de las cuales pudo desenvolverse el capitalismo histórico de posguerra. Estos factores históricos fueron:

A] El poderío industrial, tecnológico, financiero y militar de los Estados Unidos, y su supremacía en el mundo capitalista luego de finalizada la segunda guerra;
B] La convivencia con la Unión Soviética y el resto de países de la Cortina de Hierro, sustentada en una nueva versión de la balanza de poder (Polanyi 2003);
C] A diferencia del siglo XIX, esta balanza de poder no descansaba en la haute finance,50 sino -y sobretodo- en un sutil equilibrio estratégico etiquetado de «guerra fría» (léase: carrera
armamentista), pero -al igual que en el XIX- era la amenaza de guerra «la que imponía su ley a los negocios» (Polanyi 2003: 58);51
D] No menos importante, un poderoso factor asociado con la larga duración dentro de la cual quedó comprendida la «edad de oro»: la revolución tecnológica propiciada por el desarrollo del motor de explosión en 1939.

De 1945-1950 y hasta 1971-1973 (según como se vea), fue el periodo en que surgieron los temas y debates alrededor del crecimiento y desarrollo. Durante un buen tiempo, ambos asuntos, tanto en la academia como en las esferas de gobierno, estuvieron forzosamente vinculados con los problemas del desempleo y el paro –como se puede constatar en la cita con la que iniciamos este acápite— pues su reducción tenía mucho que ver con el protagonismo de la inversión pública y el gasto estatal en el marco de políticas fiscales activas y contracíclicas en el sentido de reducir el riesgo de nuevas depresiones.

Esa asociación entre activismo (o intervencionismo) estatal en la economía, crecimiento y reducción del desempleo, que fuera parte del compromiso político entre las fuerzas del capital y del trabajo, institucionalizado en el régimen del Welfare State,52 quedó rota con la insurgencia de la contraofensiva (o contrarreforma) neoliberal que fue estimulada por las grandes perturbaciones que experimentó el capitalismo desde la segunda mitad de los años 60, y que son incomprensibles si se abstraen del marco de la acelerada globalización financiera y su principal subproducto, la financierización.

De ahí en adelante el tema del crecimiento quedó estrechamente relacionado con la libre circulación y/o movilidad de capitales y recursos de inversión por todo el globo. Asimismo, en términos keynesianos, la articulación estructural entre la economía real y la economía monetaria, pasó a depender de expectativas puramente especulativas (léase: percepción de los inversionistas con respecto a los retornos de sus inversiones). En términos de Marx, el ciclo del capital dinero (D—D’) se fue autonomizando con respecto a la fórmula general del capital (D—M—D’), y la acumulación en base al capital financiero o especulativo pasó a dominar la acumulación global, rompiendo de esa manera la unidad del proceso de reproducción que exhibía el periodo clásico del capitalismo. A nuestro juicio, todo esto está en la base de la reciente crisis financiera internacional (Romero 2008c).53

En las últimas décadas del siglo XX el delirio economicista, instrumentado y ejecutado mediante políticas económicas, en distintas partes del mundo, alcanzó el paroxismo si se recuerda las «burbujas financieras» alimentadas por capitales especulativos con la aquiescencia de gobiernos y organismos internacionales que luego –gracias a esta permisividad— estallaron en los llamados países emergentes (los “tigres” del Asia) y más recientemente (2007-2008) en Wall Street, la meca financiera del capitalismo imperialista.

Esta última crisis, la más grave desde los años 30, no solo ha venido repercutiendo en el mundo super desarrollado, industrializado y tecnificado; sus repercusiones son igualmente de alcance mundial comprometiendo las bases mismas con las que funciona el sistema. Empero, a esta crisis capitalista se la pretende resolver con más capitalismo, más crecimiento y más inversiones, como si medio siglo de aplicación de los modelos de Harrod y Domar no hubiese convencido, a los economistas y a los políticos que les creen, acerca de la inutilidad de sus postulados y premisas. «El fetiche de la inversión financiada con la ayuda nos ha extraviado en nuestra búsqueda del crecimiento durante cincuenta años. El modelo debe ser sepultado ya. Debemos eliminar totalmente el concepto del déficit financiero con su espuria precisión sobre cuanta ayuda necesita un país. No debemos intentar estimar cuanta inversión “requiere” un país para lograr cierta tasa de crecimiento, porque no existe un modelo económico que pueda abordar esta cuestión.» (Easterly 2003: 42).

La «inversión privada» y/o la «inversión extranjera» en general han sustituido en tiempos recientes a la “ayuda” y toda forma de inversión pública, convertidas así en nuevos fetiches. El concepto o enfoque del «déficit financiero» fue la aplicación práctica de los modelos de crecimiento ideados por Harrod (1939) y Domar (1946) –de ahí su asociación— siendo utilizado con profusión por los economistas de las «instituciones financieras internacionales» (Banco Mundial, FMI, BID, Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo) desde los años 50.

Si bien se reconoce que dicho enfoque ha desaparecido en la literatura especializada, «su espíritu sigue vivo» (Easterly 2003: 33). Este autor no está cuestionando el paradigma del crecimiento sino el modelo comúnmente utilizado para proyectarlo, con el cual se pretendía –al mismo tiempo— dar orientaciones a la política macroeconómica.
Dentro de tal contexto (es decir, en el lenguaje y la lógica de los modelos) «el fetiche de la inversión» expresa la creencia generalizada –convertida en acto de fe— de los economistas que atribuyen a ese factor la causa última para conseguir el ansiado crecimiento de la variable que se quiere medir (el PBI o el ingreso per capita). Una frase tan recurrente en los discursos de los políticos y gobernantes: «la inversión genera crecimiento y empleo» es una expresión de ese fetichismo, de similar calibre al poder (fantasmagórico y sobrenatural) de los automatismos del mercado «puro y perfecto».

En el Perú, el campeón de esos delirios que rayan con el fanatismo disfrazado de «optimismo, confianza y fe» en la recuperación y crecimiento del sistema, es el propio presidente Alan García a través de sus mensajes, escritos, declaraciones y discursos. Sus opiniones neoliberales las hemos comentado críticamente en otros lugares (Romero 2008b: 21-27 y Romero 2009). Podemos asociar esa fe ciega hacia el crecimiento con lo que Easterly (2003: 45) llama el «fundamentalismo del capital» y Mészáros (2008) identifica con la creencia en la «expansión infinita del capital».

La aplicación porfiada del recetario neoliberal, así como las ansias de crecimiento sin restricciones, han venido ocasionando verdaderas catástrofes (pobreza, informalidad, subempleo, marginalidad, desigualdades e inequidades, destrucción de la naturaleza) a la mayoría social en los países latinoamericanos.

Terminamos planteando una tesis y una larga pregunta. Desde que se formularon en los años 70 conservan una inquietante actualidad: «Dominación y crecimiento se hallan estrechamente relacionados. ¿Todos los esfuerzos para trabajar y producir todavía más, dentro del sistema actual, son realmente compatibles con los equilibrios fundamentales de la especie humana, o bien nos alienan y nos llevan hacia la más absurda de las muertes, aplastados por nuestra propia fuerza?» (Attali y Guillaume 1976: 165).


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1. El autor desea agradecer al Dr. Jürgen Schuldt, profesor principal de la Universidad del Pacífico, por sus comentarios al borrador de avance de este trabajo.
2. Economista peruano (Universidad Ricardo Palma, Lima). Colaborador de Globalización.
3. La tesis de la distancia con la realidad ya había sido expuesta -en otro contexto- por la economista de Cambridge, Joan Robinson: «[…] los economistas durante los últimos cien años, han inmolado la teoría dinámica para discutir los precios relativos. Esto ha sido desafortunado, primero porque el supuesto de condiciones estáticas generales es un alejamiento tan drástico de la realidad, que hace imposible someter a la prueba de la verificación cualquier cosa desarrollada partiendo de él; y segundo, porque excluyó el estudio de la mayor parte de los problemas que son realmente interesantes y condenó a la economía al árido formalismo satirizado por J. H. Clapham en su artículo "Sobre las cajas económicas vacías".» (Robinson 1960: 7). Si desde hace «cien años» viene ocurriendo lo que la autora señalaba en su momento, entonces el "alejamiento tan drástico de la realidad" se hizo sobradamente evidente cuando estalló la crisis financiera en octubre 2007 con la implosión de la burbuja surgida de la propagación de los derivados crediticios (papeles tóxicos) en el mercado de hipotecas norteamericano.
4. Prólogo de Marx a la 1ª edición alemana de El Capital, 25 de julio de 1867 (Marx 1988: 7).
5. Engels, «Prólogo» al Libro tercero de El Capital, 4 de octubre de 1894 (Marx 1982a: 4).
6. En América Latina el mejor ejemplo del marxismo «racional y abierto» sigue siendo el pensamiento y la actividad desplegada por José Carlos Mariátegui, junto al cual Boron (2009) reivindica también al cubano Julio Antonio Mella.
7. Usualmente se tiende a confundir e identificar praxis con «práctica social» o con el simple empirismo, lo cual es una deformación -y de paso, una vulgarización- del sentido original que le dio Marx. La mejor lectura sobre el tema sigue siendo Kosík (1967) y Sánchez Vázquez (2003).
8. «Aquí se expresa, efectiva y notoriamente, la actualidad de Marx: la de la privatización del mundo, la del fetichismo capitalista y de su fuga mortífera en la frenética aceleración de la búsqueda de ganancias y en la insaciable conquista de espacios sometidos a la ley impersonal de los mercados. […] La ’crítica de la economía política’ hecha en El Capital sigue siendo, sin duda, la lectura fundacional de los jeroglíficos de la modernidad y el punto de partida de un programa de investigación que aún no se agotó.» (Bensaïd 2003: 5). Acerca de este programa de investigación, cf. Dussel (1998). Sobre la actualidad de Marx, sugerimos algunas lecturas adicionales: Gil De San Vicente (2003); Hobsbawm (2008); Husson (2007); Katz (2002); Musto (2006); Ribera (2006); Soler (2004).
9. «[…] en El Capital (y ya en la Aportación a la crítica de la economía política, de 1859) Marx da a su crítica económica una significación más profunda y general mediante la reducción de todas las demás categorías alienadas de la economía al carácter de fetiche de la mercancía.» (Korsch 1981: 131). Y más adelante: «Marx ha rebasado realmente en su nueva teoría todas las formas y fases de la economía y de la teoría social burguesas precisamente porque ha revelado que todas las categorías económicas sin excepción forman un único y gran fetiche.» (Korsch 1981: 131-132).
10. «En capital-ganancia o, mejor aun, capital-interés, suelo-renta de la tierra, trabajo-salario, en esta trinidad económica como conexión de los componentes del valor y de la riqueza en general con sus fuentes, está consumada la mistificación del modo capitalista de producción, la cosificación de las relaciones sociales, la amalgama directa de las relaciones materiales de producción con su determinación histórico-social: el mundo encantado, invertido y puesto de cabeza donde Monsieur le Capital y Madame la Terre rondan espectralmente como caracteres sociales y, al propio tiempo de manera directa, como meras cosas.» (Marx 1981: 1056).
11. «La determinación del valor por la duración del trabajo es "un secreto oculto bajo el movimiento aparente de los valores de las mercancías".» (Bensaïd 2003: 354).
12. «De hecho, la economía vulgar no hace otra cosa que interpretar, sistematizar y apologizar doctrinariamente las ideas de los agentes de la producción burguesa, prisioneros de las relaciones burguesas de producción. No nos puede maravillar, por ende, que precisamente en la forma enajenada de manifestación de las relaciones económicas, donde estas prima facie [AR: apariencias] son contradicciones absurdas y consumadas -y toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente--, que precisamente aquí, decíamos, la economía vulgar se sienta perfectamente a sus anchas y que esas relaciones se le aparezcan como tanto más evidentes cuanto más escondida esté en ellas la conexión interna.» (Marx 1981: 1041). Véase también la nota 32 en el Libro primero de El Capital (Marx 1988: 98-99). La cita que insertamos al final del párrafo proviene de esta fuente.
13. «Los economistas […] Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.» (Bourdieu 1998).
14. Paul Sweezy (1972: 78) empleaba el rótulo de "neoclásicos" para referirse a Alfred Marshall y sus seguidores; Joan Robinson lo utilizó para referirse a Jevons y los austriacos (Dobb 1980: 270).
15. En una nota a pie de página, Dobb (1980: 111) citando a Ronald Meek en su Economics and Ideology and Other Essays, Londres, 1967, p. 52, quien a su vez se apoya en Marx, se señala el año de 1830 como «el fin de la economía ricardiana». Véase también el final de la nota 7 en la misma fuente (Dobb 1980: 114). La referencia del año 1830 y el relato del debate se encuentra en el ensayo «La decadencia de la economía ricardiana en Inglaterra» (Meek 1972).
16. «Al limitar, como lo hizo, el término "ciencia" al razonamiento abstracto, y dejar la fijación de su relación con las condiciones reales a lo que él en otro lado llama "la sagacidad de la conjetura", Mill ejerció sin duda una profunda influencia en el carácter posterior de los escritos económicos en Inglaterra.» (Introducción de W. J. Ashley a la edición inglesa de 1909, en Mill 1951: 18). La opinión de Dobb también es coincidente: «En su época fue por cierto considerado como la encarnación de la ortodoxia ricardiana; y a partir de 1848 y hasta la aparición de Marshall, sus Principles of Political Economy with some of their Applications to Social Philosophy ocuparon un lugar único como libro de texto aceptado sobre el tema.» (Dobb 1980: 137). No menos importante es esta opinión de Meek: «Desde el punto de vista del desarrollo del pensamiento económico, la importancia real del sistema de Mill se encuentra en la medida en que las ideas de los oponentes de Ricardo estaban incorporadas en él mismo, lo que allanaba el camino al desarrollo subsecuente de estas ideas.» (Meek 1977: 84).
17. Obras de Proudhon que fueron conocidas por Marx (1974a): ¿Qué es la propiedad? (1840), Filosofía de la Miseria o sistema de las contradicciones económicas (1846). A diferencia de la acerba y "demoledora" crítica de Marx, Böhm-Bawerk valoró la segunda de las mencionadas, elogiándola «por la claridad de sus intenciones y por su brillante dialéctica» (Böhm-Bawerk 1986: 382). La opinión de Schumpeter sobre la misma obra fue distinta: «Y estamos interesados en su economía solamente porque ofrece un ejemplo excelente de un tipo de razonamiento que se encuentra con
lamentable frecuencia en una ciencia sin prestigio…» (Schumpeter 1971a: 402). Por «ciencia sin prestigio» Schumpeter se refería a la filosofía hegeliana.
18. Sobre la participación de Marx y sus colaboraciones para el periódico de Colonia, véase Mehring (1983: 42-62). En 1845 emprendió con Engels su primer viaje a Inglaterra, de 6 semanas de duración, donde «pudo sondear más concienzudamente las obras de los economistas ingleses» (Mehring 1983: 121).
19. En ese sentido, Marx fue consecuente con uno de sus pensamientos de juventud. Al respecto, en su carta a Arnold Ruge, publicada en los Deutsch-Französische Jahrbücher (febrero de 1844) señala: «La filosofía se ha secularizado. […] Pero si la construcción del futuro y la creación acabada y definitiva para todos los tiempos no es cosa nuestra, no podemos vacilar un momento acerca de nuestro deber de la hora: la crítica despiadada de cuanto existe, despiadada incluso en la ausencia de preocupación por los resultados a que conduzca y por el conflicto con los poderes existentes.» (Marx citado en Mehring 1983: 72). Por otro lado, Marx fue considerado «el único gran epígono de Ricardo» (Schumpeter citado por Dobb 1980: 160). Juicios como estos, que ponen en relación de continuidad a Marx con relación a Ricardo, omiten con frecuencia que El Capital es al mismo tiempo una obra de ruptura, que fue elaborada en base a la «crítica de la economía política» (Kritik der politischen Oekonomie), tal como fue subtitulada esa obra magna por su autor.
20. Refiriéndose a las ciencias nacidas de la praxeología como ramas especializadas (análisis operacional, programación, cibernética), Lange concluye: «[…] aplicadas en las condiciones del modo de producción socialista, pueden constituir un poderoso instrumento para reforzar la racionalidad económica social del proceso de la producción y de la distribución. Por esto, la praxeología y, sobre todo, ciertas ramas de la misma, como el análisis operacional y la ciencia de la programación, revisten una gran importancia para la planificación de la economía socialista. Después de la contabilidad por partida doble y del cálculo de los balances y después del establecimiento de los balances a escala social, es posible que estas ciencias representen la tercera gran etapa histórica en el desarrollo de los instrumentos metodológicos de la actividad económica racional.» (Lange 1966: 183). Desconocemos si esa «tercera gran etapa» alguna vez ocurrió porque el sistema socialista de corte burocrático, autoritario e hipercentralizado, en lo que fue la URSS y los países de la Cortina de Hierro, colapsó y desapareció; acontecimiento con el que se cerró el agitado, convulsionado y "corto" siglo XX (Hobsbawm 2004).
21. «Afortunadamente no queda nada que aclarar en las leyes del valor, ni para los escritores actuales ni para los del porvenir: la teoría está completa.» (Mill 1951: 386; también Dobb 1980: 145).
22. En Romero (2008b: 14-18) mostramos la relación genética -intelectualmente hablando- entre liberalismo y neoliberalismo. Para un examen crítico del pensamiento político de los neoliberales en materia de Estado y democracia, representado en la obra de Milton Friedman, véase Boron (1997), cap. III.
23. Para una discusión de los méritos y aportes de Keynes, cf. Keynes y otros (1972).
24. «En economía, ésta es la evolución normal de una idea original: A partir de su autor, pasa a otros economistas; de estos economistas a los libros de texto, y, finalmente, de los libros de texto, a la política de los gobiernos democráticos.» Prólogo de Robert Lekachman a Keynes y otros (1972: 8).
25. El proceso está descrito en Meek (1977) a través del examen de las obras de Mill, Jevons, Marshall, Walras y Pareto.
26. «[…] habría que admitir no sólo que la formación matemática de Marshall contribuyó al brillante resultado que obtuvo en el campo de la teoría económica, sino también que fue precisamente el empleo efectivo de los métodos del análisis matemático lo que produjo tal resultado, y que sin dichos métodos difícilmente podría haber conseguido transformar el legado de Smith, Ricardo y Mill en un mecanismo moderno de investigación.» (Schumpeter 1983: 141). Sobre la exaltación de los Principios de Marshall, cf. Schumpeter (1971b: 73-79). Al comentar la trascendencia de la obra de Walras, señaló: «Es el jalón más notable que aparece en la ruta que recorre la economía en la dirección que cristaliza en una ciencia exacta o rigurosa […]». (Schumpeter 1971b: 68). Respecto de su propia concepción de ciencia como sinónimo de «conocimiento instrumentalizado», cf. Schumpeter (1971a: 23-27).
27. Sobre la personalidad de Marshall como teórico: «[…] no confundía la excelencia en economía con la habilidad para manejar símbolos, y daba toda la importancia del caso a la necesidad de estudiar las instituciones y a la dificultad de llegar a comprender su modo interno de funcionar.» (Harrod 1958: 172).
28. Carta de Keynes a Bernard Shaw, 1° enero 1935, en Harrod (1958: 530).
29. El corchete [Ricardo] ha sido añadido por nosotros.
30. «Marshall pensaba que los principios fundamentales de la materia ya estaban fijados sin discusión alguna, y que la próxima generación de economistas no tendría sino que ocuparse principalmente en aplicar esos principios a la confusa variedad de instituciones y prácticas del mundo real. En general, la escuela de Cambridge, incluido Keynes, desarrollaba ese programa, y Keynes se dedicó en especial a las cuestiones monetarias y bancarias. (Harrod 1958: 173).
31. «[…] en los tiempos que nos aguardan muchos economistas -y también otros científicos sociales- se harán calculadores, en el sentido de que las tareas con las que se enfrentarán les exigirán cada vez más ser expertos en matemáticas y estadísticas.» (Meek 1980b: 232). Véase también más adelante.
32. He aquí una pincelada sobre la extraordinaria personalidad intelectual de Keynes. Comentando el A Treatise on Probability (publicado en 1921) con el que Keynes se graduó de fellow del King’s Collage en 1909, Schumpeter sostuvo: «Keynes nunca tuvo una opinión muy elevada respecto a las posibilidades puramente intelectuales de la economía. Siempre que deseó respirar el aire de las altas cumbres, no pretendió hacerlo dentro del campo de la teoría económica pura. Había en él algo de filósofo o de epistemólogo. […] ninguna actitud meramente receptiva podría haberle satisfecho. Keynes necesitaba volar por sí mismo.» (Schumpeter 1983: 366-367).
33. «La forma más perfecta de la economía vulgar es la forma profesoral. Esta procede históricamente, y con una prudente moderación, espigando lo mejor de todas las cosechas; no le importan las contradicciones, lo que le interesa, sobre todo, es ser completa. En ella todos los sistemas pierden lo que les anima y les da vigor y acaban formando un revoltillo sobre la mesa de los compiladores. La pasión del apologista se ve refrenada aquí por la erudición, que contempla con una especie de conmiseración las exageraciones de los pensadores economistas y los diluye en sus propias elucubraciones. Esta clase de trabajos comienzan a partir del momento en que la economía política cierra su ciclo como ciencia; son, por tanto, al mismo tiempo, la tumba de la ciencia económica.» (Marx 1974b: 394).
34. A pesar de fundamentarse en una teoría (la neoclásica) que es "pura ficción matemática", el discurso neoliberal «Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político […]. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.» (Bourdieu 1998).
35. Joseph Stiglitz, en el prólogo al libro del historiador polaco, hizo la siguiente valoración: «[…] los problemas y perspectivas que aborda Polanyi no han perdido importancia. Entre estas tesis centrales está la idea de que los mercados autorregulados nunca funcionan […] El análisis de Polanyi deja en claro que las doctrinas populares de la economía del goteo -según la cual todos, incluso los pobres, se benefician del crecimiento- tienen poco sustento histórico. También aclara el rejuego entre ideologías e intereses particulares: la forma en que la ideología del libre mercado fue el pretexto de nuevos intereses industriales, y cómo tales intereses se valieron de forma selectiva de esa ideología, al apelar a la intervención gubernamental cuando la necesitaban en beneficio de sus propios intereses.» (Stiglitz 2003: 9-10).
36. «Pero, ¿cómo avanza esta teoría [AR: neoclásica] desde su unidad básica, el calculador atomístico y aislado, para extraer conclusiones que sean aplicables al conjunto de la sociedad? La proposición esencial de la teoría es que el conjunto no es más que la suma de cada una de las partes individuales aisladas. Por lo tanto, si sabemos la forma en que los individuos responden ante los diferentes estímulos, también sabremos cómo responderá una sociedad compuesta por esos individuos. […] Además, lo que es cierto para el individuo aislado también lo es para la economía considerada como un todo. Es más, puesto que cada economía puede ser considerada como un individuo […] de ello también se concluye que todas las economías pueden ser consideradas como individuos.» «Sin embargo, este tránsito desde lo individual a lo colectivo descansa sobre un supuesto básico. Después de todo, esos calculadores individuales y atomísticos pueden tener intereses cruzados y, por lo tanto, el resultado de la racionalidad individual puede resultar en irracionalidad colectiva. ¿Por qué no es ésa la conclusión a la que llega la economía neoclásica? Por la fe. Por la creencia en que cuando esos autómatas son dirigidos en una dirección u otra por un cambio en los datos, necesariamente encuentran la solución más eficiente para todos.» (Lebowitz 2004).
37. En el Perú, De Althaus (2007) proporciona un buen ejemplo de esa devoción por el fetichismo de las cifras para explicar los cambios y transformaciones en las relaciones económicas, que él resume en «el cambio de modelo económico». Para evitar el aburrimiento de los lectores con tanta cantaleta estadística, les recomendamos el epílogo (De Althaus 2007: 303-308), donde se condensa la «revolución capitalista» en el país.
38. Algunos de los más importantes trabajos de esa controversia están reunidos en Braun (1973). Para una reseña de este debate, cf. Dobb (1980: 271-279) y Hartcourt (1969).
39. La acumulación de capital de Joan Robinson (primera edición inglesa en 1956) estuvo enfilada al cuestionamiento de la doctrina de la distribución basada en la productividad marginal, proveniente de Jevons y los austriacos (la escuela de Böhm-Bawerk). A través de dicho trabajo ella participó en las controversias sobre la teoría del crecimiento.
40. El lector atento convendrá que las dos expresiones, «redesplazamiento de las técnicas» y «reversión de capital>, están implicadas en la frase citada de Monza.
41. «Parece evidente que para efectuar una evaluación crítica del pensamiento económico tradicional existen aspectos más sustanciales que el mero problema -algo escolástico, sin duda- relativo a la forma de la función de producción agregada. Sin embargo, tal vez sea más atinado interpretar la controversia no como un punto final, sino como el punto de partida de una controversia verdadera. Por esto último entiendo un análisis crítico, no sólo de la consistencia lógica, sino también de la relevancia empírica y del contenido ideológico de la teoría económica recibida.» (Monza 1973: 30).
42. Sobre la importancia que representó la obra de Sraffa véase Dobb (1973) y Roncaglia (1977).
43. «Creer que el sistema capitalista no tiene alternativa forma parte del conjunto de dogmas ideológicos que nos esclavizan mentalmente. […] Cierto es que la sociedad capitalista, por su apariencia democrática, es la que ha concitado mayor número de adhesiones inquebrantables, y es, también, la que mejor ha sabido penetrar en lo más hondo de la idiosincrasia. Sin embargo -aunque de un modo indirecto- está siendo puesta en tela de juicio. No es el sistema en sí mismo lo que se cuestiona, sino sus efectos secundarios: el hambre, la manipulación del mundo por cuatro países con sus multinacionales, el deterioro del medio ambiente, la guerra imperialista, el terrorismo de estado o de otro tipo… y el largo etcétera de todos conocido. Estos efectos son atribuidos no al propio sistema sino a una supuesta mala gestión del mismo cuando, en realidad, es la naturaleza del sistema la que los conlleva. Lo que ahora mismo se está reclamando no es un cambio de sistema, sino algo más difícil, es decir, imposible: se quiere el funcionamiento del sistema pero sin sus efectos secundarios (lo que prueba hasta qué punto la sociedad, alienada, no trasciende la ideología).» (Soler 2004: 6-7). «De entrada hay que aclarar una cuestión de base que embarulla y llena de confusión todos los análisis de economistas, sociólogos y politólogos que debaten los fundamentos causales de esta crisis que avanza sin remisión hacia el colapso. Con más o menos fortuna todos coinciden en resaltar los mismos aspectos: Especulación, burbuja
financiera, políticas crediticias, endeudamiento, déficit comercial de Estados Unidos, etc. Esto en el ámbito económico. En lo social se coincide en el desmontaje del Estado del bienestar desarrollado desde el final de la IIª Guerra Mundial, y en la consiguiente degradación da las condiciones de trabajo, educación y salud de los llamados países periféricos. Pero estos son los efectos de la crisis, no sus fundamentos. Esa confusión conduce y conducirá a generar vanos esfuerzos de modificar el rumbo de los acontecimientos por el camino del voluntarismo y del subjetivismo más retrogrado. Este es el terreno abonado donde crecen toda clase de ONGs, organizaciones solidarias, de Comercio justo, Foros Sociales, Misiones redentoras y Cumbres del hambre, del medio ambiente y del SIDA. Todo el mundo es movilizado de Foro en Foro, Cumbre tras cumbre, decenas de miles de expertos viajan de punta a punta del planeta con sus recetas milagrosas. Todos exigen compromisos a los gobiernos, a las multinacionales, al FMI, a la OMC, al Banco Mundial, para detener la catástrofe que deviene cada vez más inevitable. Pero nadie es capaz de plantear la única alternativa real que puede posibilitar una salida a la gravedad de la situación actual. La propiedad privada de todos los recursos de la tierra ha conducido a esta situación, se hace necesario abolirla para salir de ella. Y si esta cuestión de principio no es abordada todos los esfuerzos serán inútiles.» (Ferrer 2003).
44. John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos 1961-1963, citado por Lekachman (1970: 222).
45. «Luego de la Segunda Guerra Mundial, entre 1950 y 1973, los volúmenes de comercio aumentaron a un ritmo de 5,8% anual, mientras que la producción mundial lo hizo a 3,9% anual. Este periodo es conocido como la "edad de oro del capitalismo", pues existió estabilidad, rápido crecimiento y prosperidad.» (Parodi 2005: 78). Para este autor la edad de oro corrió de 1945 a 1971, año en que «el sistema de Bretton Woods llegó a su fin» (Parodi 2005: 81).
46. «Es a duras penas que se puede poner la "revolución keynesiana" al nivel de la jevoniana, a pesar de la declaración de su autor según la cual los "asuntos en cuestión son de una importancia que no puede ser exagerada". En primer término, sus efectos sobre el marco conceptual general de la teoría económica fueron mucho menos profundos de lo que puede haber sido la significación de sus consecuencias políticas para la conducción de una economía capitalista moderna. Con mayor evidencia y en forma más directa que en el caso de esa primera circunstancia, reflejó acontecimientos y problemas contemporáneos […] Lo que el cambio doctrinario ilustra particularmente bien, es la fuerza con la cual la teoría existente -endurecida hasta convertirse en un dogma- puede ejercer un efecto paralizante sobre la mente y la visión humanas, volviéndolas ciegas ante las verdades más obvias que ofrece la experiencia e inhibiendo la capacidad hasta para formular las preguntas correctas.» (Dobb 1980: 234-235).
47. «Nunca insistiremos demasiado respecto al hecho de que las recomendaciones keynesianas fueron siempre, en primer término, recomendaciones inglesas, y que en todos los casos, incluso cuando estaban dirigidas a otras naciones, procedían de la consideración de los problemas ingleses. Si se exceptúan sus gustos artísticos, keynes era extraordinariamente insular, incluso en filosofía, pero en ninguna otra cosa tanto como en economía. […] Igual que los viejos librecambistas, elevó a verdad y sabiduría valederas para todo lugar y tiempo lo que en cada momento era verdad y sabiduría para
Inglaterra. […] era un intelectual característico de la preguerra que reclamaba con toda justicia, en lo bueno y en lo malo, su parentesco espiritual con la línea de pensamiento de Locke-Mill.» (Schumpeter 1983: 371-372).
48. Para una explicación de los avatares del sistema de Bretton Woods, cf. Parodi (2005: 124-131).
49. «Pero el papel del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y la Organización del Comercio Mundial no se limita tan sólo a efectuar estudios y formular recomendaciones: son los custodios del predominio internacional del capital financiero y agentes principalísimos de disciplinamiento universal. Su función es la de un comisariado político que responde primordialmente a los intereses imperiales de los Estados Unidos […]» (Boron 2001: 36).
50. «La haute finance, una institución sui generis, peculiar del último tercio del siglo XIX, funcionó como la conexión principal entre la organización política y la organización económica del mundo en este periodo. Proveyó los instrumentos necesarios para un sistema de paz internacional, forjado con el auxilio de las potencias, pero que ellas mismas no podían haber establecido ni mantenido.» (Polanyi 2003: 56).
51. Boron tiene razón al señalar que desde años recientes (décadas de los 80 y 90 del s. XX) «a partir del predominio del capital financiero y la crisis y descomposición del campo socialista se produjo un desplazamiento del centro de gravedad político del imperio hacia las instituciones de carácter económico.» (Boron 2001: 44 y ss).
52. Parodi (2005: 79) diferencia entre «Estado de Bienestar en los países industriales» y «Estado desarrollista en los países en desarrollo», aunque la orientación económico-social era fundamentalmente la misma.
53. Sobre este asunto discrepamos con Parodi para quien «la globalización financiera es un concepto agregado que se refiere al crecimiento de los vínculos globales a través de los flujos financieros.» (Parodi 2005: 101). Esto proviene de su enfoque que separa la globalización en varias dimensiones (comercial, financiera, etc.), perdiendo de vista una comprehensión totalizadora que integrara.

Vender A Tu Esposa E Hija Por La Sequía

 


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cronista.com


En los últimos meses, algunos productores agrícolas del norte de la India, que están cargados de deudas, han optado por venderle sus mujeres e hijas a los prestamistas. Esta situación extremadamente dramática se debe a que el país sufrió una de las peores temporadas de monzones de los últimos años por las escasas lluvias, ha dicho la Comisión Nacional para las Mujeres, un organismo del gobierno con sede en Mumbai.

Por los menos tres casos se han informado en la región Bundelkhand, en Uttar Pradesh, de agricultores que han vendido a mujeres de sus familias por cifras que oscilan entre 4.000 y 12.000 rupias (u$s 83 y u$s 248), le dijo al Financial Times Girija Vyas, presidenta de la comisión.

Sangeeta, una mujer que fue vendida por su padre a un prestamista, dijo: “me vendieron porque mi familia no tenía otra alternativa”.

Otra de las víctima preguntó “¿qué se supone que vamos a comer? Aunque tenemos tierra, no podemos cultivar nada porque no llovió lo suficiente... Ya hemos tomado préstamos enormes”.

Pese a que en las últimas dos semanas las lluvias aumentaron, la temporada de monzones ha sido una de las peores en muchas años, lo que obligó al gobierno a declarar la sequía en alrededor de 278 distritos de 11 estados. Una buena temporada de monzones es vital para la India, ya que más de 70% de los 1.200 millones de habitantes del país viven en zonas rurales, y en alrededor de 60% de los casos la tierra que los productores utilizan para sus cultivos no tiene irrigación y, por lo tanto, depende de las lluvias.

Esta situación también ha empujado al suicidio por lo menos a 25 personas en el estado de Andhra Pradesh, en el sur del país, en los últimos dos meses porque los productores tienen graves problemas para pagar lo que deben. Desde 2001 casi 90.000 agricultores se suicidaron en la India a causa de las deudas, según un informe publicado por el gobierno.


http://www.cronista.com/notas/202943-en-la-india-productores-agricolas-venden-sus-esposas-sobrevivir

Escandalosos Agrocombustibles en El Sur

http://www.fotospl.com/main.php?g2_view=core.DownloadItem&g2_itemId=257&g2_serialNumber=12

 

François Houtart, mientras recibía el Honoris Causa en la Universidad de la Habana

 

 

El escándalo de los agrocarburantes en los países del Sur

 


La idea de extender el cultivo de los agrocarburantes en el mundo y particularmente en los países del Sur es desastrosa. Ella forma parte de una perspectiva global de solución a la crisis energética. En los próximos 50 años tendremos que cambiar de ciclo energético, pasando de la energía fósil, que es cada vez más rara, a otras fuentes de energía. En el corto plazo es más fácil de utilizar lo que es inmediatamente rentable, es decir los agrocarburantes. Esta solución, al reducirse las posibilidades de inversión y al esperar ganancias rápidas, parece la más requerida a medida que se desarrolla la crisis financiera y económica.

Como siempre, en un proyecto capitalista, se ignora, lo que los economistas llaman, las externalidades, es decir, lo que no entra dentro del cálculo del mercado, para el caso que nos preocupa, los daños ecológicos y sociales. Para contribuir con un porcentaje entre el 25 a 30% de la demanda, a la solución de la crisis energética, se tendrá que utilizar centenas de millones de hectáreas de tierras cultivables para la producción de agroenergía en su mayor parte en el Sur, ya que el Norte no dispone suficientemente de superficie cultivable. Se tendrá, igualmente según ciertas estimaciones, que expulsar de sus tierras al menos 60 millones de campesinos. El precio de estas "externalidades" no pagado por el capital sino por la comunidad y por los individuos, es espantoso

Los agrocarburantes son producidos bajo la forma de monocultivos, destruyendo la biodiversidad y contaminando los suelos y el agua. Personalmente, he caminado kilómetros en las plantaciones del Choco, en Colombia, y no he visto ni un ave, ni una mariposa, ni un pez en los ríos, a causa del uso de grandes cantidades de productos químicos, como  fertilizantes y plaguicidas. Frente a la crisis hídrica que afecta al planeta, la utilización del agua para producir etanol es irracional. En efecto, para obtener un litro de etanol, a partir del maíz, se utiliza entre 1200 y 3400 litros de agua. La caña de azúcar también necesita enormes cantidades de agua. La contaminación de los suelos y el agua llega a niveles hasta ahora nunca conocidos, creando el fenómeno de «  mar muerto » en las desembocaduras de los ríos (20 Km² en las desembocadura del Misisipi, en gran medida causado por la extensión del monocultivo de maíz destinado al etanol). La extensión de estas culturas  acarrea una destrucción directa o indirecta (por el desplazamiento de otras actividades agrícolas y ganaderas) de los bosques y selvas que son como pozos de carbono por su capacidad de absorción.

El impacto de los agrocarburantes sobre la crisis alimentaria ha sido comprobado. No solamente su producción entra en conflicto con la producción de alimentos, en un mundo donde, según la FAO, mas de mil millones de personas sufren de hambre, sino que también ha sido un elemento importante de la especulación sobre la producción alimentaria de los años 2007 y 2008. Un informe del Banco mundial afirma que en dos años, el 85% de la aumentación de los precios de los alimentos que precipitó a mas de 100 millones de personas por debajo de la línea de pobreza (lo que significa hambre), fue influenciado por el desarrollo de la agroenergía. Por esta razón, Jean Ziegler, durante su mandato de Relator Especial de las Naciones unidas por el Derecho a la Alimentación calificó los agrocarburantes de « crimen contra la humanidad » y su sucesor, el belga Olivier De Schutter ha pedido una moratoria de 5 años para su producción.

La extensión del monocultivo significa también la expulsión de muchos campesinos de sus tierras. En la mayoría de los casos, aquello se realiza por la estafa o la violencia. En países como Colombia e Indonesia, se recurre a las Fuerzas armadas y a los paramilitares, quienes no dudan en masacrar a los defensores recalcitrantes de sus tierras. Miles de comunidades autóctonas, en América latina, en África y en Asia, son desposeídas de su territorio ancestral. Decenas de millones de campesinos ya han sido desplazados, sobre todo en el Sur, en función del desarrollo de un modo productivista de la producción agrícola y de la concentración de la propiedad de la tierra. El resultado de todo esto es una  urbanización salvaje y una presión migratoria tanto interna como internacional.

Es necesario igualmente anotar que el salario de los trabajadores es bien bajo y las condiciones de trabajo generalmente infrahumanas a causa de las exigencias de productividad. La salud de los trabajadores es también afectada gravemente. Durante la sesión del Tribunal Permanente de los Pueblos sobre las empresas multinacionales europeas en América latina,  realizada paralelamente a la Cumbre europea-latinoamericana, en mayo del 2008, en Lima, fueron presentados muchos casos de niños con mal formación, debido a la utilización de productos químicos en el  monocultivo de plátano, soya, caña de azúcar y de palmeras.

Decir que los agrocarburantes son una solución para el clima, está igualmente a la moda. Es verdad que la combustión de los motores emite menos anhidrido carbónico en la atmosfera, pero cuando se considera el ciclo completo de la producción de la transformación y de la distribución del producto, el balance es más atenuado. En ciertos casos, se convierte en negativo en relación a la energía fósil.

Si los agrocarburantes no son una solución para el clima, si no lo son que de una manera marginal, para mitigar la crisis energética, y si ellos acarrean importantes consecuencias negativas,  tanto sociales como medio ambientales, tenemos el derecho de preguntarnos porque ellos tienen tanta preferencia. La razón es que a corto  y mediano plazo ellos aumentan de manera considerable y rápidamente la tasa de ganancia del capital. Es por esto que las empresas multinacionales del petróleo, del automóvil, de la química y del agronegocio, se interesan al sector. Ellos tienen como socios al capital financiero (George Soros, por ejemplo), los empresarios y los latifundistas locales, herederos de la oligarquía rural. Entonces la función real de la agroenergía, es en efecto ayudar a una parte del capital a salir de la crisis y a mantener o eventualmente aumentar su capacidad de acumulación. En efecto, el proceso agroenergético se caracteriza por una sobreexplotación del trabajo, la ignorancia de las externalidades, la transferencias de fondos públicos hacia el privado, todo aquello permitiendo ganancias rápidas, pero también una hegemonía de las compañías multinacionales y una nueva forma de dependencia del Sur con respecto al Norte, todo aquello presentado con la imagen de benefactores de la humanidad ya que producen "energía verde". En lo que concierne a los gobiernos del Sur, ellos ven ahí una fuente de divisas útiles de mantener, entre otros, el nivel de consumo de las clases privilegiadas.

Por lo tanto, la solución es de reducir el consumo, sobretodo del Norte y de invertir en nuevas tecnologías (solar especialmente). La agroenergía no es un mal en sí y puede aportar soluciones interesantes a nivel local, a condición de respetar la biodiversidad, la calidad de los suelos y del agua, la soberanía alimentaria y la agricultura campesina, es decir, lo contrario de la lógica del capital. En Ecuador, el Presidente Correa ha tenido el coraje de detener la explotación  del petróleo de la reserva natural del Yasuni. Esperemos que los gobiernos progresistas de América latina, del África y del Asia, tengan la misma firmeza. Resistir en el Norte como en el Sur, a la presión de los poderes económicos es un problema político y ético. Por lo tanto, denunciar el escándalo de los agrocarburantes en el Sur se constituye en un deber.

[Autor del libro "La Agroenergía-Solución para el clima o salida de crisis para el capital?", Ruth Casa editorial y Ediciones Sociales La Habana, 2009.
Publicado en Alai].


* Presidente del Consejo Administrativo del Centro Tricontinental (Lovaina-la-Nueva). Secretario Ejec. del Foro Mundial de las Alternativas. Repres. del Pres. de la Asamblea General de la ONU por la Reforma del Sistema Financiero e Monetario

Hace 6.000 Años Empezó El Egoísmo Enloquecido

"Hace 6.000 años se disparó el ego y empezaron las guerras"

 

 

Steve Taylor<br />Foto: Joan Cortadellas
Steve Taylor
Foto: Joan Cortadellas

Tengo 41 años. Nací y vivo en Manchester. Soy profesor de desarrollo personal en la Universidad de Manchester. Estoy casado y tengo dos hijos, de 5 y 3 años. Soy ecosocialista. Creo en el Espíritu, que lo permea todo. Durante milenios vivimos armónicamente y sin opresiones.

¿Expulsados del paraíso?

El mítico relato bíblico de la expulsión del jardín del Edén es metáfora de algo que de verdad sucedió. Otros relatos míticos coinciden.

¿Cuáles?

Los griegos y los romanos evocaron una pretérita edad de oro. Y los chinos, una remota edad de la virtud perfecta.

Mitos.

Que investigaciones históricas, paleoantropológicas y arqueológicas apuntalan.

¿Ah, sí? ¿Qué dicen las investigaciones?

Que hubo un tiempo sin guerras, sin desigualdades sociales, sin opresión sobre las mujeres, sin represión sexual y en armonía entre nosotros y con el entorno natural.

¿Qué indicios hay de vida tan beatífica?

No hay poblados fortificados, el arte no plasma batallas, los enterramientos son comunales y sin armas, no hay tumbas individuales de caudillos, guerreros o potentados...

¿De qué tiempo está hablándome?

De la mayor parte de la existencia de nuestra especie: hasta hace sólo 6.000 años vivíamos en esas comunidades recolectoras cazadoras que con poquitas horas al día se procuraban sustento, no acumulaban tierras ni propiedades, no sometían a otros...

¿Estoy oyendo a un nuevo Rousseau?

El ser humano no siempre ha sido lobo para sí mismo, ni su vida bárbara y cruel.

¿Y por qué se nos acabó la buena vida?

Hace 6.000 años se dio la "explosión del ego", y eso nos llevó a la "caída".

Explíqueme eso.

Sitúese en Saharasia, la franja terrestre que discurre desde el Sáhara hasta el Gobi, pasando por el sur del mar Negro.

Ya estoy.

Durante milenios fueron fértiles tierras con agua, bosques, pastos, sabanas con caza... de las que vivían plácidamente pueblos indoeuropeos y semitas. Pero hace 6.000 años...

¿Alguien mordió alguna manzana?

Casi perecemos por no poder morder nada: un drástico cambio climático desertizó esas tierras, agostó la vegetación, ahuyentó a los animales... Y, para sobrevivir, la psique de esos pueblos se alteró: se exacerbó el ego.

¿Por qué? ¿Con qué consecuencias?

Hasta entonces cada individuo era empático con los demás, integrado y osmótico con el entorno. Pero, desde entonces, el ego individual se desgajó y se acorazó. Con un intelecto desgajado del cuerpo, un individuo desgajado de su entorno y personas menos empáticas con sus congéneres... brotó la codicia, la guerra sistemática, el caudillismo, las jerarquías, la opresión de unos sobre otros, la sumisión de la mujer, la represión sexual, el trabajo duro, la explotación de la naturaleza, la conquista... y los primeros imperios: Egipto, Sumer...

¡Hombre, la civilización!

Nuestra egótica era, con gran avidez de propiedades individuales y gran inventiva: la rueda, el arado, las matemáticas, ¡la ciencia!

Guerra, ciencia, ¿hijas gemelas del ego?

Este ego que erige pirámides y catedrales y crea terapias génicas y naves espaciales, paga con el sudor de neurosis y conflictos...

¿Descendemos nosotros de aquellos pueblos saharasiáticos "caídos"?

Así es: su ansia llevó a los indoeuropeos a expandirse por Europa, India, Persia y China, y a los semitas porÁfrica,Arabia y Mesopotamia. Arrasaron a su paso a los pacíficos pueblos "precaídos" que encontraron...

¿Qué pueblos, por ejemplo?

De los pueblos de la vieja Europa precaída, los de Malta y los de la Creta minoica fueron los que más perduraron, dada su insularidad. Vea el arte cretense, colorista y vitalista, que exalta la naturaleza, la sensualidad... Aquellos pacíficos cretenses serían machacados, hace 3.800, años por los aqueos, fieros indoeuropeos.

¿No ha llegado hasta nuestros días algún pueblo de psicología preegótica?

Sólo quedan algunas comunidades ínfimas en las selvas de Malasia y de Borneo, en las islas Andamán (Índico), en el Amazonas, en África...

¿Cómo es la psique "no caída"?

Desde la "caída" nos sentimos desasosegados, incómodos, no nos soportamos, no sabemos estar sin hacer algo... ¡Antes no era así!: nos sentíamos muy integrados en el grupo y la naturaleza, tranquilos.

¿Cómo puede usted saberlo?

Un estudio en la sala de espera de un médico australiano consignó que los pacientes anglosajones se agitaban inquietos, impacientes por la espera, mientras los aborígenes permanecían sosegados, como si para ellos no discurriera el tiempo... La psique "precaída" vive integrada en el presente, no lo disgrega de pasado y futuro.

¿Y aztecas e incas, tan jerárquicos, imperialistas, con sacrificios humanos...?

Es verdad: provenían también de zonas que pasaron de fértiles a áridas, y su psique procedió de modo similar a la indoeuropea.

¿Y los indios norteamericanos, qué?

Eran en su mayoría "precaída"... hasta que contactaron con europeos, que los contaminaron de su ego. No era el caso aún de los iroqueses en el siglo XVIII, cuyo sistema igualitario y cuya liga de naciones iroquesas ¡inspiró la democracia y la confederación estadounidense!

Creí que la democracia era griega...

¿Con mujeres sometidas y con esclavos? ¡No, no! Fue la democracia iroquesa, a través de la revolución americana, la que alumbraría luego la Revolución Francesa.

Riesgo de «maremoto» en Nepal por el deshielo del Himalaya

Rebelion.org

 



Con un 31% de sus 28 millones de habitantes viviendo bajo el umbral de la pobreza, Nepal se enfrenta indefensa al deshielo del Himalaya, a las sequías, al incremento de los corrimientos de tierra y a una menor productividad agrícola, algo que podría arrastrar a la hambruna a millones de pobres. Un informe de Oxfam advierte de que estos glaciares podrían desaparecer en un plazo de 30 años debido a los efectos del cambio climático.

Funuru Sherpa conoce desde muy pequeño el lago situado sobre su pueblo nativo de Denboche, en las montañas del Himalaya, pero se acuerda de las historias de su abuelo, que le decía que allí arriba, hace 50 años, él no veía más que glaciares.

«Eso prueba que los glaciares del Himalaya están fundiéndose y es, seguramente, porque la temperatura aumenta», comenta este gerente de un cibercafé para turistas de la pequeña ciudad de Lukla, a un lado del Everest.

Los científicos consideran que el glaciar Imja, situado sobre Denboche, retrocede 70 metros al año. Su fundición implicó la formación de un inmenso lago que podría arrasar los pueblos de las inmediaciones si cediera.

El fenómeno no es nuevo: el Centro Internacional de Desarrollo de las Formaciones Montañosas en Nepal (ICIMOD), que estudia desde hace 30 años la coordi- llera del Himalaya, destaca que en muchos países el deshielo de los glaciares comenzó hace siglos. Según su especialista en glaciares Samjawl Ratna Bajracharya, la tendencia, sin embargo, se ha acelerado a una velocidad alarmante con temperatu- ras que en el Himalaya están aumentando «ocho veces más rápido» que en la media mundial.

En Nepal, existen más de 2.300 lagos resultantes del deshielo de los glaciares y los expertos consideran que al menos veinte podrían desbordarse.

De una superficie de alrededor de un kilómetro cuadrado, el lago Imja es el segundo más grande de Nepal y con cerca de 36 millones de m3 de agua, representa claramente la mayor amenaza de inundación para el país.

La cuestión tiene especialmente preocupado al montañero nepalí Apa Sherpa, que tiene el récord de ascensiones (19) al Everest. En 1985, perdió su casa y su explotación después de que el lago Dig Tsho cediera, provocando una gigantesca ola que descendió por la montaña. Siete personas fallecieron en la inundación y fueron destruidos varios puentes, viviendas y una central hidráulica.

«El cambio climático es para mí una cuestión personal», resume el alpinista, que dedicó su última expedición a intentar hacerles tomar conciencia del impacto climático a las poblaciones que viven en las montañas.

El número de personas afectadas por el riesgo de desbordamiento de lagos resultantes de los glaciares es aún dudoso, pero los expertos estiman que las inundaciones podrían alcanzar los llanos de Nepal e incluso más allá.

El secretario de Estado nepalí de Medio Ambiente, Uday Raj Sharma, indicó recientemente que el desbordamiento del lago Imja supondrá un verdadero «maremoto nepalí», en referencia al maremoto en el Océano Índico que devastó las costas indonesias en diciembre de 2004, causando la muerte de más de 200.000 personas.

Ayuda internacional

La primera conferencia de las naciones del Himalaya sobre el clima, celebrada en Katmandú, finalizó el martes con un llamamiento a la ayuda internacional ante los retos que representan el deshielo de los glaciares y los riesgos de inundaciones en el sur de Asia. Pero los expertos reunidos allí destacaron que la cuestión ni tiene una fácil solución. Los habitantes de las zonas más expuestas no quieren dejar sus casas y vaciar los lagos resulta una operación costosa y peligrosa, de resultados moderados.

«El sur de Asia, incluida la región del Hindu Kush y el Himalaya, es un punto caliente del cambio climático e influye en las vidas de la mitad de la población mundial. El cambio climático en esta región afectará a pueblos y ecosistemas desde las montañas hasta las costas y los mares», rezaba la declaración conjunta.

La cordillera del Himalaya, considerada «el tercer polo», representa con los otros dos el principal contribuyente al alza del nivel del mar debido al deshielo de los glaciares. Los del Himalaya se extienden sobre 2.400 kilómetros a través de Pakistán, India, China, Nepal y Bután y abasteces siete de los ríos más grandes de Asia, incluido el Ganges, el Brahmaputra, el Mekong y el Yangtze. Alrededor de 1.300 millones de personas dependen del agua que desciende del macizo montañoso. La fundición de los glaciares, que avanza a un ritmo alarmante, amenaza con inundaciones y sequías, en alternancia, a las regiones más bajas.

http://www.gara.net/paperezkoa/20090905/155188/es/Riesgo-maremoto-Nepal-deshielo-Himalaya/